jueves, 25 de febrero de 2016

La cafetería de Jesús

Todos los días, el desfile de formas y colores se mezclaba con el ambiente. Trabajadores y clientes se daban cita en la cafetería del complejo empresarial en el que pasaban su jornada laboral. Al frente del negocio estaba Jesús, siempre con aquella sonrisa que ocupaba gran parte de su cara.
El menú que ofrecían era variado y económico, por lo que la cafetería solía llenarse entre la una y las cuatro, todos los días, pero también a la hora del desayuno y hacia media tarde. Caras conocidas, otras nuevas, se daban cita entorno a las treinta mesas que albergaba el local. Jesús, servía, recogía, limpiaba, hacía cafés, y siempre sin borrar aquella amable sonrisa de su rostro. Si estaba cansado, nadie se daba cuenta, si tenía un mal día, ni siquiera se notaba, si le dolía la espalda, disimulaba las muecas de dolor con algún comentario gracioso.
Pronto, la cafetería cogió fama por el buen humor y el saber hacer de su dueño, y fue llenándose cada vez más. Personas ajenas al complejo empresarial quedaban allí para comer. Con los meses, la lista de espera se amplió y casi era imposible conseguir mesa sin reserva previa. Sólo los trabajadores acreditados gozaban de este privilegio.
Jesús, aunque cansado, estaba entusiasmado con tanto éxito. Su sueño se estaba cumpliendo, regentaba su propio negocio y le iba bien. Era feliz y aquella felicidad la trasladaba a todos los que compartían parte del día con él.
Un día, se acercó a la cafetería un señor muy educado, algo frío y calculador, pero de modales exquisitos. Quería hablar con el responsable del negocio. Jesús se presentó: llevándose una mano hacia el pecho le dijo que era él y que en qué podía ayudarle.
El señor se dio a conocer, trabajaba para una de las grandes fortunas de la ciudad. Querían hacerle una oferta para trabajar de mayordomo en la casa de unos duques. El sueldo era desorbitado, la dedicación exclusiva, y las condiciones laborales bastante buenas. Algún que otro privilegio y la seguridad de que sus hijos asistirían a una de las mejores escuelas del país. Jesús, quedó atónito ate semejante oferta. Jamás se hubiera imaginado que su fama había traspasado las paredes de su querida cafetería. Dijo que tenía que pensarlo, que en 24 horas daría una respuesta.
Y sí, así fue, al cabo de un día, el señor de buenos modales volvió a ver a Jesús, convencido de que no rechazaría la oferta planteada el día anterior. Pero se equivocó: Jesús dijo que no, que no podía dejar aquello, que no podía abandonar un trabajo que le hacía feliz, por el que sentía pasión e ilusión, que no podía dejar de servir a quienes habían confiado en él y habían contribuido a hacer de su negocio un motivo de felicidad. Lo sentía mucho, porqué la oferta era realmente buena, dos años atrás la hubiera cogido sin pensarlo, pero levantar su negocio le había costado esfuerzo, sudor y sacrificio, y ahora empezaba a dar sus frutos. Con gran educación, se despidió del señor de buenos modales, no sin antes invitarle a un café.
A los pocos días, recibía una llamada para reservar una mesa en su cafetería. Los duques querían probar el menú que se ofrecía, y se acercaron como los demás para poder hacerlo. A partir de aquel momento, decidieron comer allí una vez a la semana.