sábado, 18 de octubre de 2014

La suerte vestida de Tiffany

María dibujaba muy bien, pero su vida difícil le impedía pintar paisajes bonitos y personas alegres. Sus ilustraciones solían ser grises y oscuras, rayando la tristeza. Y cuánto más grises y oscuros eran sus cuadros, más se complicaba su vida.

De lo tradicional pasó a lo abstracto. Pintaba noche y día en su pequeño estudio, situado en una buhardilla que más bien parecía una madriguera. Sus compañeros eran un par de roedores y una araña enorme gracias a la cual no tenía insecto alguno que le perturbara de su trabajo.

Os preguntaréis por qué era difícil la vida de María. Pues bien, digamos que no había tenido mucha suerte, pero también os puedo decir que se había dedicado a rechazarla hasta que la suerte se había cansado de perseguirla. No sé exactamente el motivo, pero María era cabezota y se ensimismaba hasta el punto de convertir su mundo en un recoveco impenetrable, en el que los días grises se habían convertido en los dueños y señores de la desgracia perpetua en la que ella se había instalado.
Las numerosas ofertas de trabajo en prestigiosas galerías de arte habían desaparecido. La posibilidad de exponer sus cuadros en salas para noveles se habían convertido en oportunidades para auténticos luchadores, no para ella. Y así, sus cuadros, se habían transformado en una especie de réquiem en imágenes que anunciaban su propio fin en el mundo de las artes.
Estaba enterrando su prometedor talento y con él una vida llena de éxitos.
Un día, cansada y aturdida, salió a dar un paseo por su barrio. Un barrio bohemio y hermoso con las calles llenas de gente. Sólo había algo triste: la enorme cantidad de mendigos que deambulaban por sus calles, vestidos con harapos, pidiendo limosna con la mano grasienta y sucia.
María se paró frente al escaparate de una tienda de antigüedades, algunas de ellas valiosísimas. Se fijó en una lámpara Tiffany muy cara. Aquello era un capricho, pero ella podía permitírselo, pues sus padres le ingresaban dinero siempre que lo necesitaba. Mientras pensaba si la compraba o no, se le acercó una mujer de avanzada edad. Se la veía muy elegante, aunque pobre. Iba limpia, olía bien, pero sus ropas estaban viejas, pasadas de moda.
-      ¿Te gusta? – le preguntó la mujer a María.
Ella se sobresaltó, se giró, la miró de arriba abajo y con cierta displicencia contestó con un sí seco, rayando la antipatía.
-      Perteneció a mi familia… - explicó la mujer. – Hace años, cuando vivíamos en el palacete que está en el número nueve de la calle San Salvador.
Sin duda, aquella señora tenía la elegancia de quien ha crecido con una clara despreocupación por el dinero, pero aquel no era precisamente su mejor momento económico.
-      Mi marido se arruinó y al poco tiempo murió. No pude, o no supe, hacer nada por él. A veces pensamos que la suerte nos durará toda la vida. Ojalá hubiera sabido estar a su lado, decirle cuánto le quería. Después de su muerte tuve que vender la casa y me fui a vivir a la residencia de ancianos. Jamás me hubiera imaginado que mi vejez sería así. A veces recuerdo las fiestas en el palacete, las cenas con los cónsules, ya no queda nada de todo aquello, sólo un vago recuerdo…
María escuchaba atentamente el relato, con lágrimas en los ojos. No sabía qué decir, no sabía qué hacer. Aquella vieja lámpara de Tiffany permanecía en la tienda, quieta, esperando su turno.
-      Espéreme aquí, por favor, no se vaya.
Entró y compró la lámpara, pensando que esta vez la pagaría con los pocos ahorros que tenía. Encontraría trabajo, se esforzaría más que nunca, dejaría de ver el mundo de color gris y buscaría el lado positivo de la vida. Al fin y al cabo ella era joven y tenía salud.
Salió, pero la señora elegante ya no estaba, se había confundido entre la multitud. Había desaparecido, dejando una breve lección de vida para María.
Al día siguiente, María quiso visitarla y se acercó a la residencia de ancianos, pero le dijeron que se acercara al palacete de la calle San Salvador, que la encontraría allí. Paseó por el barrio y se acercó al palacete, ya nadie vivía allí, aquello se había convertido en un comedor social. Miró por la ventana y, en la cocina, destacaba una elegante señora que daba instrucciones a todos los que allí trabajaban. Cuando se dio la vuelta, María la reconoció. Aquella señora era la misma con la que había hablado la tarde anterior.
La señora la vio y le hizo un ademán con la mano para que entrara. Ella entró. Y fue así cómo conoció la historia: quien compró el palacete decidió instalar un comedor social a condición que su antigua dueña se hiciera cargo de él.
Desde aquel día, María pinta caras sonrientes, paisajes preciosos. Expone una vez al mes en el comedor social y ha recibido ya varias ofertas para exponer en las salas más prestigiosas de la ciudad. La vieja lámpara de Tifanny ilumina sus cuadros. Y la amistad con la señora elegante se va ido consolidando con el tiempo. La suerte de María, sin duda, ha vuelto para quedarse.


5 comentarios:

  1. Abstracció i empatia. Les nostres vides giren al voltant de les dues, com els personatges d'aquesta narració.

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  2. Helena, sempre construïm personatges que guarden alguna semblança amb la realitat...

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  3. Porque se apagó en octubre la llama de este bloc. Vierte la fuente sus aguas a otros cauces más fecundos?

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  4. Porque se apagó en octubre la llama de este bloc. Vierte la fuente sus aguas a otros cauces más fecundos?

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  5. És veritat, Elisenda, per què no escrius més aquí?

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