sábado, 17 de mayo de 2014

El color del miedo

Ante todo, os diré que no os debe importar el nombre de la protagonista de esta historia, es lo de menos. Su edad era corta cuando todo sucedió… tan sólo tenía seis años.

Tenía miedo de todo lo que la rodeaba y de aquello que habitaba en el hogar de su imaginación. La oscuridad, los ruidos estridentes, los monstruos, los demonios, la soledad… pero también tenía miedo de los árboles, de las flores, de los juguetes, de las comidas que preparaba mamá. Era miedosa de verdad y se asustaba por cualquier cosa.

Un día, en el colegio les visitó un payaso muy divertido, hermoso, con una gruesa nariz de color rojo y unos inmensos zapatos azules con una raya verde. Todos los niños y niñas se pusieron muy contentos, se reían a carcajadas. Pero ella se quedó en un rincón, con los ojos llorosos, sintiendo un miedo espantoso de aquel personaje que vivía haciendo reír a los demás.

El pobre payaso, que no estaba acostumbrado a ver llorar a la gente, se le acercó y le regaló una flor enorme. Ella estalló en un llanto tremendo que dejó a todos sus compañeros de clase atónitos. De repente, la flor empezó a cambiar de color. El rojo de sus hojas oscureció hasta volverse negro y después transparente hasta desaparecer. La niña, en lugar de sentir más miedo, se quedó completamente sorprendida, igual que el payaso, igual que las maestras y toda la clase entera.

El payaso repitió la hazaña con un nuevo objeto: le regaló un pañuelo de colores estridentes. Ella volvió a llorar a mares. El pañuelo oscureció, se volvió negro, después transparente hasta desaparecer.

Con el tercer objeto que le regaló el payaso pasó exactamente lo mismo. El cómico sacó un libro de su bolsillo. Era un libro pequeño y cuadrado, lleno de preciosos dibujos de colores maravillosos. Pero ella no frenó las lágrimas que asomaban en un sus ojos marrones. El libro, igual que la flor y el pañuelo de colores estridentes se volvió negro, después transparente hasta desaparecer.

Entonces, nuestra pequeña protagonista empezó a comprender que algo terrible estaba pasando: si ella sentía miedo, no permitía mantener a su lado las cosas más maravillosas. Los objetos más hermosos desaparecían al sentir el miedo de la pequeña, se contagiaban con el mismo sentimiento y como su alma era débil y su cuerpo menudo, no podían luchar con chillidos y llantos por lo que se convertían en polvo.

Al ver lo que pasaba, nuestra pequeña se quedó pensativa. Era ella la que tenía que  solucionar el problema. Así que decidió pedir ayuda a sus papás. El siguiente fin de semana viajaron al monte a contemplar los colores que la naturaleza les ofrecía. Aquello tenía que ser obra de la magia, una magia blanca y buena, pensada para hacer la vida más fácil y agradable a todos. Contempló los pájaros, los árboles, el río, las montañas, y se alegró de formar parte de aquel cosmos ordenado que no tenía nada que ver con el pequeño caos que se formaba en su mente cuando el miedo se apoderaba de ella. No podía permitir que aquel mundo fascinante que la rodeaba oscureciera hasta desaparecer y convertirse en polvo. Así que procuró convertir sus miedos en curiosidad, sus temores en prudencia.

A partir de aquel día empezó a ver el mundo de otra manera, empezó a observar los colores en todas sus tonalidades, no permitiendo que los miedos entraran en sus quehaceres cuotidianos. Por el momento dejó los colores oscuros en el fondo de su corazón; con el tiempo los rescató y los incluyó en la paleta de su vida

sábado, 3 de mayo de 2014

Una caja de cosquillas

Peyo y Nico eran hermanos y a menudo bajaban a la tienda de su amigo Heriberto a pasar la tarde. La tienda de don Heriberto era un minimercado en el que se podía encontrar de todo: desde comestibles frescos hasta las últimas novedades bibliográficas. Era una tienda pequeña y graciosa, en la que los niños disfrutaban de lo lindo.

Una tarde, Peyo y Nico bajaron a verle. Estaban ansiosos, pues era septiembre y el curso estaba a punto de empezar. Llevaban días con los deberes acabados, habiendo jugado un montón de veces a los mismos juegos. Tenían sus mochilas y sus uniformes preparados y ya no sabían que hacer. La tele les parecía aburrida y a la piscina ya no se podía ir porque ya no hacía tanto calor como en julio y agosto.
 
Así, que decidieron ir a ver a su amigo y ayudarle en lo que fuera necesario. Don Heriberto les recibió muy contento (a decir verdad, don Heriberto siempre estaba muy contento, era un tipo al que podríamos calificar de feliz), y nada más verles, fue en busca de un cartel que tenía en un cajón, lo colgó en la puerta y la cerró con llave: “cerrado por inventario”.
-      Venid conmigo, tengo que enseñaros algo muy especial – les dijo a Peyo y a Nico.
Los chicos le siguieron emocionados. Aquella invitación prometía ser algo inigualable. Y le siguieron…
-      Mirad, ¿a qué no sabéis que es eso? – Les preguntó, mostrándoles una caja.
-      Eso es una caja, don Heriberto. Ya hemos visto otras cajas. Mamá las usa para guardar cosas – dijo Peyo.
-      Sí, es una caja. Pero es una caja muy especial. Lo que tiene dentro no es algo cualquiera.
-      ¿Y qué tiene? – preguntaron los chicos al unísono.
-      ¡Cosquillas!
-      ¿Cosquillas? – volvieron a preguntar los dos hermanos a la vez.
-      ¡Pero una caja no puede contener cosquillas! Las cosquillas no se pueden ver, ni tocar, ni coger… - dijo Peyo algo incrédulo.
-      Evidentemente, no se pueden ver, ni tocar, ni coger, pero sí se pueden guardar en una caja – les explicó don Heriberto. – Mira, cuando voy de viaje, lo que más me gusta, es traerme unas cuantas cosquillas de recuerdo. En esta caja, guardo cosquillas de todos los países que he visitado. Yo prefiero eso antes que cualquier figurita o una camiseta. Me encanta coleccionar cosquillas de todo el mundo. Y no penséis que todas son iguales, ¿eh? Las hay de todos los tipos. Algunas son muy juguetonas, otras más tranquilas y suaves. Las de los países cálidos son más lentas y las de los países fríos son más rápidas. Las hay muy traviesas; esas son las que tratan de esconderse cuando tienen que volver a su sitio.
-      ¿Y cómo las guarda usted, a ver? – preguntó Peyo, mientras su hermano miraba la caja de cosquillas conmocionado.
-      Pues mira, si las cosquillas ven que uno tiene buena fe obedecen, y cuando escuchan el sonido de este silbato saben que tienen que volver a su sitio – don Heriberto se acababa de sacar un silbato del bolsillo.
Los dos hermanos se miraban entre sí, miraban a don Heriberto y miraban la caja. No conseguían creer lo que estaban escuchando, hasta que Peyo no pudo más y le dijo a su amigo con mucha educación:
-      Pues mire, don Heriberto, yo no me acabo de creer eso de las cosquillas. Para empezar, no creo que estén dentro de esa caja, y mucho menos me creo que cuando usted toca el silbato vuelvan, desfilando, a su sitio. ¿Tú te lo crees, Nico?
Nico no conseguía articular ni una sola palabra, así que movió la cabeza arriba y abajo, hacia la izquierda y hacia la derecha, sin saber si lo creía o no. No lograba salir del asombro, sus ojos estaban completamente abiertos, y Nico, ni siquiera parpadeaba.
-      Nico, Nico… - dijo Peyo. – ¡Que parece que te hayas quedado dormido con los ojos abiertos!
Entonces Nico reaccionó y con una voz algo temblorosa dijo:
-      Pues yo si le creo y me encantaría ver cómo las cosquillas salen de la caja y vuelven a entrar.
-      Pero piensa – contestó don Heriberto muy serio – que lo más seguro es que vengan hacia vosotros, porque no hay nada que les guste más a las cosquillas que los niños simpáticos.
-      Venga, don Heriberto, por favor, enséñenos las cosquillas de la caja… - suplicó Peyo que empezaba a creer lo que había estado escuchando.
Entonces con mucha delicadeza empezó a abrirla por un extremo…
De repente una música parecida al Vuelo del Moscardón, empezó a sonar y las cosquillas, recorrieron toda la despensa, hasta llegar a la cintura de Peyo y a la de Nico. Los dos estallaron en una gran carcajada y empezaron a moverse sin ton ni son. No podían parar de reír, porque las cosquillas les habían invadido el cuerpo entero y ellos se divertían muchísimo.
Cuando ya llevaban un buen rato riéndose, Peyo, empezó a gritar, entre risas:
-      Basta, basta, por favor. No puedo más.
-      Si, si, basta – decía su hermano.
Entonces don Heriberto tocó el silbato y un sonido estridente hizo que todas las cosquillas se pusieran en fila y se dirigieran hacia la caja. Todas, menos dos. Una de ellas la tomó con Nico y volvía una y otra vez a su cuello. Nico no paraba de repetir:
-      Basta, basta, por favor.
Mientras esa cosquilla se paseaba alegremente por el cuello de Nico, su compañera se escapó y abrió el baúl del hipo.
El baúl del hipo era de pequeño tamaño y allí estaban varios hipos guardados. Uno de esos hipos era amigo de las cosquillas. Aquél que siempre esperaba a que abrieran la tapa para salir, y molestar un ratito. Cuando los niños se reían mucho porque las coquillas no paraban de pasearse por su cuerpo, el hipo actuaba, y no dejaba a los niños tranquilos hasta que alguien le daba un susto tan grande que corría a esconderse de nuevo en su baúl.
A don Heriberto no le gustaba demasiado que las cosquillas abrieran el baúl del hipo. Porque, él, aquel baúl lo tenía por si llegaba alguien muy pesado a la tienda y no conseguía hacerle marchar. A veces, había personas que eran muy insistentes en algo, o que querían ver muchas cosas para, luego, no comprar nada, pero no porque no les gustara o no se adecuara a lo que estaban buscando, sino porque su intención era la de cotillear y ver qué productos había en la tienda. Entonces cuando llegaban personas así, y al cabo de una hora todavía daban la lata, don Heriberto entraba en la despensa, abría el baúl del hipo y este actuaba. Con tanto hipo no se atrevían a continuar hablando y se iban.
Por eso a don Heriberto no le gustaba que las cosquillas se pasaran de traviesas, así que cuando vio que habían abierto el cajón del hipo, sacó su silbato y silbó tan fuerte como pudo. Las dos cosquillas que correteaban por la despensa, se pusieron rápidamente firmes y ligeras desfilaron hasta su paradero. Fue tal el sonido que salió del silbato que el hipo se fue saltando rápidamente hasta su baúl del susto que se pegó.
Entonces don Heriberto pidió disculpas a los chicos por el comportamiento de las dos cosquillas y del hipo:
-      Lo siento, a veces se descontrolan un poco. Esas dos son de Madagascar y son las más traviesas, pero es que son jovencitas y siempre estarían jugando. Les encanta que el hipo salga de su aposento, se ríen un montón con él, pero hoy se han pasado, creo que las dejaré castigadas una temporada.
-      No, no las castigue, don Heriberto, nos han parecido muy simpáticas y nos lo hemos pasado muy bien con ellas. – dijo Peyo.
-      Claro, como a ti no te ha pillado el hipo. – contestó Nico.
-      Me vas a decir que no te has reído. – le replicó su hermano.
-      Si, la verdad es que me he reído mucho. – dijo Nico, todavía con una sonrisa en los labios. – Por favor, don Heriberto, no las castigue, que nos lo hemos pasado muy bien con ellas.
Desde la caja de coquillas y desde el baúl del hipo se oyeron unos toquecitos en señal de agradecimiento.