sábado, 22 de marzo de 2014

Vaya con Dios, don Adolfo

Hay momentos en los que el recuerdo se impone a la imaginación y la memoria nos invita a desplazarnos a un pasado remoto salpicado de momentos inolvidables.

Viena, julio de 1987
Era mediodía y, con mis padres, nos acabábamos de sentar en un restaurante de la ciudad, situado en lo más alto de la Donauturm. Durante la comida se podían divisar todos los parajes de la capital austríaca, pues el platillo volador no cesaba de dar vueltas para mostrarnos los rincones más maravillosos.
Mi memoria falla al intentar recordar qué comí aquel día y el motivo de ello se llama Adolfo Suárez. En el momento en el que pedíamos nuestros platos, llegó el expresidente con su familia y discretamente se sentó en una mesa. Aun así, la seguridad desplegada en el restaurante llevaron a mi madre a preguntar qué pasaba y, muy amablemente, el maître de la sala le informó que el expresidente del gobierno español, Adolfo Suárez, acababa de entrar en el restaurante, en viaje privado.
Ni corta ni perezosa, mi madre se levantó de la mesa y ante la desaprobación de mi padre se dirigió hasta el expresidente para saludarle. Mi padre, nervioso, impaciente, no paraba de resoplar, peguntando una y otra vez qué estaría haciendo mi madre y por qué tardaba tanto. Ella volvió al cabo de diez minutos, encantada, cantando las excelencias de aquella familia ejemplar y aquel señor tan sumamente amable que, estando de vacaciones, no se olvidó de su condición de servidor y la atendió con exquisita sencillez.
Comimos disfrutando de las vistas y nos marchamos. Me llevé el postre, como siempre hacía cuando se trataba de un helado.
Ya en la zona de aparcamiento descubierta del restaurante, entramos en el coche y nos dispusimos a marchar. Pero antes de que mi padre pudiera dar el contacto, Adolfo Suárez, junto a su familia, abandonó también el restaurante.
Al ver una matrícula española, esta vez, fue él quien vino a nuestro encuentro para saludarnos y desearnos un feliz viaje. Me encerré en el coche y no quise salir; me quedé comiendo mi helado, mientras mis padres hablaban con él y con doña Amparo como si se conocieran de toda la vida.
Al despedirse, él quiso saludarme a mí también. Mi padre insistió para que me bajara del coche a saludar, pero me negué rotundamente. Disgustado, observó como el primer presidente de la democracia, se acercaba a la ventanilla, se me dirigía dulcemente y alargaba su mano para estrechar la mía: “Que niña tan guapa”, me dijo, “pásalo bien con tus padres”. A aquel gesto siguieron besos, abrazos y deseos de felicidad ante un verano que se presentaba caluroso.
Pasé el resto del viaje arrepentida por no haber querido bajar del coche.
Durante años, tuve idealizada a la clase política al pensar que la sencillez y la elegancia de todos ellos eran igual que las del presidente Suárez.
Hoy es un día triste ante el inminente desenlace. Se va, ante todo, una persona que sabía estar, que supo bajar su listón para saludar a una niña vergonzosa que no quiso bajarse del coche; alguien que desplegó todos sus encantos ante una familia que simplemente quiso saludarle y desearle unas felices vacaciones. Se va alguien que, con sus aciertos y sus fallos, fue respetado porque supo respetar.

6 comentarios:

  1. Avui no t'inventes res, és veritat. Però ho expliques igual de bé.

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  2. Sí, cert, va ser al restaurant giratori que hi ha a dalt de tot de la Donauturm, a Viena.

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  3. Respuestas
    1. Moltes gràcies, Gemma!! Ja et trobava a faltar!!!

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