sábado, 8 de marzo de 2014

Buenas noches, Doña Oscuridad


Cuando el último rayo de luz desaparecía, doña Oscuridad salía de su escondite, completamente convencida de que nadie la quería. Miedosa, avanzaba lentamente hasta que conseguía inundar todos los rincones de los hogares. Y de vez en cuando pensaba en lo sola que estaba y se sentía y no lograba comprender porqué los niños y las niñas la temían, a ella, que era la más silenciosa y la que nunca molestaba a nadie.

La tristeza crecía cuando se daba cuenta de que las mamás y los papás siempre daban las buenas noches a sus hijos antes de apagar la luz, y no pronunciaban los buenos días hasta que el primer rayo de sol asomaba por la ventana. Nunca nadie le dirigía la palabra, y eso la dejaba sin ánimo.

Casi cada noche, el grito de algún chiquillo la atemorizaba:

- Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaá!!!!

“Oh no!” pensaba doña Oscuridad, “la palabra maldita”, y se preparaba para esconderse. Sabía que en breve se encenderían las luces y ella, a la que todos temían, sentía un miedo espantoso a la claridad. Pensaba que todos se fijaban en un pequeño rayo de luz en medio de la oscuridad, pero nadie prestaba atención a una ranura de oscuridad en medio de la luz. 

Un día, en casa de Arturo, cuando todos dormían, doña Oscuridad salió de su escondite, algo nerviosa al pensar que el niño no estaba del todo dormido y que en cualquier momento podía llamar a su madre. Triste, se arremolinó por todos los rincones de la habitación y esperó, con dignidad, a que volviera a salir el sol. De repente, el señor Sueño, que siempre viajaba con una maleta cargada de aventuras, se le acercó y, sin dudarlo, al verla tan sola y tan triste, le preguntó:

- ¿Qué te pasa?

Doña Oscuridad no respondió. El señor Sueño volvió a preguntar:

- ¿Qué te pasa?

- ¿Es a mi? – dijo ella sin acabarse de creer que alguien le dirigiese la palabra.

- Pues claro que es a ti ¿a quién quieres que se lo pregunte?

- No lo sé… es que a mi nadie me dice nada…

- ¿Qué te pasa? – insistió el señor Sueño por tercera vez.

- Pues eso que te digo, que nadie me dice nunca nada, que nadie me quiere. Todos se dan las buenas noches antes de apagar la luz, y no se dan los buenos días hasta que ven el primer rayo de sol. Los niños y las niñas me temen, y yo, cada vez que la claridad aparece tengo que correr a esconderme en cualquier parte si no quiero acabar perdida en el fondo de un cajón.

- Pero ¿por qué dices que nadie te quiere? A mi me gustas mucho y me caes muy bien, y conozco a alguien a quien también le encantas – le explicó el Sueño.

- ¿Ah si? ¿A quién? – preguntó doña Oscuridad dibujando una expresión de sorpresa en su rostro.

- A don Silencio. El pobre ya es mayor y no soporta la luz, por qué dice que luz y ruido siempre van unidos. Mira, si tú no salieras todas las noches, yo no podría hacer bien mi trabajo. Ya sé que los niños no lo saben, en realidad, no llegan a comprenderlo hasta que crecen, y es una pena, porque nos tienen miedo, y sus padres no saben como explicarles que no nos deben temer en absoluto – el Sueño acabó su discurso.

- Pero yo me he fijado que tú apareces en cualquier momento, hasta cuando hay luz. A ti ¿no te da miedo la luz?

- Muchísimo miedo me da. A mí, la luz no me gusta en absoluto – explicó el Sueño.

- Entonces ¿por qué trabajas cuando hay luz? – preguntó doña Oscuridad con curiosidad.

- Un viejo cascarrabias me obliga. ¿Has oído hablar de don Cansancio? Me obliga a trabajar aunque no quiera – respondió el Sueño casi llorando – Me empuja y me empuja hasta que no me quedan fuerzas para resistir. No sé como lo hace pero siempre acabo saliendo de mi escondite. Por eso me ves a veces cuando hay luz.

- Vaya, eso si que debe ser duro. – dijo doña Oscuridad – No sabía que tu vida fuese tan difícil. Yo te veía siempre con tu maleta cargada de aventuras, y creía que eras muy feliz...

- Y lo soy, porque normalmente puedo trabajar sin problemas, y los niños y las niñas me quieren mucho, les gustan las aventuras que les traigo. Lo único que me disgusta es que don Cansancio me obligue a trabajar cuando a él le apetece.

Doña Oscuridad y el señor Sueño se miraron y se dieron cuenta de que se necesitaban la una al otro. Debían convencer a don Cansancio para que hiciese más vida nocturna, aunque fuese tan mayor, y no saliera de día. Y lo hicieron. Al alba, la Oscuridad muy débil y el Sueño a punto de desvanecerse, pescaron a don Cansancio que se había aposentado en un rincón de la cama de Arturo. Don Silencio les miraba desde lejos, como nunca decía nada, no participaba en ninguna conversación, algo que tenía sus ventajas, porque nadie se enfadaba con él.

Los tres, Oscuridad, Sueño y Cansancio, sellaron un pacto: saldrían siempre a la vez, cuando el sol se hubiese acostado, vencerían sus miedos y tristezas y trabajarían en equipo para hacer de las noches momentos dulces y agradables. Quizás así, todos los niños, se darían cuenta de la importancia de un buen descanso y dejarían de temerles para siempre. Se abrazaron y se sintieron más unidos que nunca.

Al ver el pacto, don Silencio, desde su rincón, estalló en una carcajada muda.

3 comentarios:

  1. Tu escrius sota la influència del "señor sueño", amb tanta imaginació!

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  2. La imaginació és la millor medicina pet curar les pors!! Feliç setmana, Helena!!!

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  3. És tan bonic aquest conte, fas que se'm posi la pell de gallina!

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