sábado, 15 de febrero de 2014

Un pañuelo rosa para Lola

Lola cubrió su cabeza con un pañuelo rosa, se puso los pendientes de perlas que le habían regalado por su último cumpleaños y bajó las escaleras insegura. Estaba algo cansada, más delgada. Sus ojos habían perdido brillo, estaban un poco  hundidos.

Era el primer día que asistía a clase después del agresivo tratamiento que le había dejado sin cabello. Su rubia melena había desaparecido, aquellos tirabuzones con los que había conquistado a más de medio colegio habían dejado de existir. No tenía la menor idea de la reacción que tendrían en su clase, sólo había hablado por teléfono con Carlota, que la había estado llamando todas las semanas durante los cuatro meses de ausencia. Ahora empezaba una nueva etapa, una etapa que tenía que afrontar con valentía. A sus catorce años Lola había aprendido a luchar por la vida.
En la puerta, a punto de salir, cogió el bolso marrón que sus padres le habían comprado y se fue. Se sentía asustada, temía llegar al colegio y encontrarse cara a cara con todos aquellos que le habían estado mandando mensajes de ánimo, flores, libros y alguna que otra caja de bombones. Quería tener palabras de agradecimiento para todos, especialmente para Jorge que se había preocupado por ella de manera insistente, que no le había dejado de escribir ninguna semana, que le había mandado aquel pañuelo rosa que ahora lucía.
Quería estar a la altura de aquellos amigos y amigas que no la habían dejado sola. Le parecía increíble el trato recibido. Le parecía sensacional el apoyo que le habían dado. Ahora sentía miedo, pues habían creado, en torno a ella, un perfil popular al que conocían todos los alumnos del colegio, un perfil popular al que todos esperaban. Y ella no se veía bonita como antes, no sabía si sería capaz de agradarles.
Caminaba por la calle y, a dos manzanas de llegar, la alcanzó Jorge. A Lola le dio un vuelco el corazón al verle, por un momento temió su reacción. Ella le miró de manera penetrante, él se le acercó y le besó en la mejilla. Jorge no era especialmente guapo, pero era, quizá, uno de los chicos con más encanto de todo el colegio. Era inteligente, atractivo, sabía hablar.
Sin decirse nada se cogieron de la mano y caminaron hasta el colegio. Aquel silencio fue el más cómodo con el que Lola había convivido en los últimos meses. Hubiera querido que aquel momento no finalizara jamás. La mano de Jorge estrechaba la suya con firmeza y le lanzaba un mensaje de confianza que le dejaba entrever que jamás la dejaría sola.
Los meses siguiente fueron duros también, pues Lola tuvo que someterse a revisiones, su cuerpo cambió. Pero con el tiempo, el pelo volvió a crecer y ella dejó de usar el pañuelo rosa para cubrirse la cabeza. Lo guardó en un cajón y poco a poco se fue quedando olvidado en el fondo, cubierto por piezas de ropa nueva.
Lo encontró hace poco, cuando por fin hizo las maletas para marcharse a la universidad.
Su residencia de estudiantes está situada en el centro de la ciudad, cerca de la de Jorge. Se ven todos los días, siguen saliendo y hasta se atreven a hacer planes de futuro ante la mirada atónita de otros compañeros que no pueden llegar a creerse una relación tan duradera.
Además de estudiar Lola participa como voluntaria todos los jueves en el hospital de niños, donde les lee cuentos. La última niña en llegar, se llama Lola también y es ahora la propietaria del pañuelo rosa. Las dos tienen largas charlas en las que hablan de mil cosas. Y la mayor anima a la pequeña para que pueda salir adelante. Jorge va una vez al mes y les lleva un libro que leen juntas.

4 comentarios:

  1. Escrius molt bé, es llegeix com un caramel. I la història és molt maca.

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  2. Gràcies, Helena!! Els teus comentaris són alentadors. Una abraçada

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  3. Commovedor i molt subtilment tractat. Fantàstic!

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  4. Gràcies, Gemma! Crec que tots hauríem de prendre exemple d'aquests petits lluitadors que dia a dia superen obstacles i tiren endavant. Una abraçada!!

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