sábado, 8 de febrero de 2014

Nicolás Abrecajones

Una de las aficiones de Nicolás era abrir todos los cajones y armarios que encontraba, en su casa, en casa de sus abuelos, en cualquier casa que visitase. Era tanto el empeño que ponía en la tarea que a la edad de siete años había abierto ya más de mil cajones y unos quinientos armarios. Y lo que había encontrado dentro no era poco: desde viejas libretas llenas de apuntes hasta cintas de colores que usaba su madre, de pequeña, para adornarse las coletas.

Le encantaba remover los mil y un chismes que se presentaban ante sus ojos y cuánto más lo hacía más entusiasmado estaba. Pero a sus padres no les gustaba en absoluto que el niño anduviera merodeando por casa, y mucho menos les agradaba que lo hiciera en casas ajenas, pues la curiosidad, a determinadas edades ya se confunde con la mala educación. Y Nicolás contaba ya siete primaveras.

Su abuela, sin embargo, le permitía abrir y cerrar los cajones de la salita de coser. Sólo aquellos, ningún otro de la casa. Él jugaba con los botones, los hilos y todos los retales de telas de colores que había; se montaba un pequeño taller en el que él mismo ejercía de sastre y de cliente a la vez.

Pero Nicolás que, cuando mostraba interés por algo, solía hacer oídos sordos a las instrucciones de los mayores, decidió cotillear más allá del lugar que le estaba autorizado. Así que, desoyendo lo que la abuela le tenía dicho, se encerró en el despacho de su abuelo y se dedicó a abrir todos los cajones y todos los armarios que encontró. Abrió uno, lleno de papeles. Abrió otro, lleno de papeles, también. En el tercero, además de papeles, encontró una pequeña libreta; la hojeó, no había una sola página que no tuviera un garabato. Siguió; más papeles.

Al cabo de una hora, no había encontrado nada más que papeles, miles de papeles, todos blancos, con letras negras o azules impresas por ambas caras, papeles aburridos, sosos, papeles que no servían para nada.

Cuando por fin decidió marcharse del lugar, con cierta frustración encima al ver que no había encontrado nada que pudiese considerarse un poco divertido, se dio cuenta de que en una de las paredes había una muesca extraña. Se acercó y pasó la mano por encima. Nada. Apretó con un poco de fuerza y ¡zas!

Apareció un nuevo cajón. Era de pequeñas dimensiones y disimulaba su existencia con verdadera alma camaleónica. Nicolás tiró de él y miró dentro. Su sorpresa fue colosal, pues era el primer cajón del cuarto que no custodiaba papeles. En él, encontró Nicolás una llave, una sola llave. Aquello superaba cualquier expectativa que se hubiera podido forjar en su astuta cabeza. Pero no podía hablar con nadie, no se lo podía explicar a nadie ¿qué iba a hacer?

La puerta del despacho se abrió de sopetón y Nicolás dio un respingó que provocó que la llave que tenía en su mano derecha cayera al suelo. Al ver quien era se tranquilizó. Tipi, el gato de su abuela, era experto en saltar y girar los pomos de las puertas con sus patitas. Era su manera de entrar en las estancias de la casa que estaban cerradas. ¡Qué susto le había dado el felino!

Al ver la llave, el gato lanzó un maullido que se ahogó en el aire, al tiempo que Nicolás se llevaba el dedo índice a los labios suplicando silencio.

Tipi, se le acercó y le hizo un gesto cómplice indicándole que cogiese la llave. Salieron del estudio y le condujo hasta el desván. Allí le mostró una baldosa que parecía igual que las demás. El gato insistió para que Nicolás la tocara y la baldosa se movió, por lo que el niño dedujo que podía quitarla de su lugar. Cuando lo consiguió, debajo encontró una caja de latón, vieja, gastada, oxidada. Y la llave encajaba perfectamente en la pequeña cerradura. Abrió la caja y dentro encontró un fajo de billetes cómo nunca antes había visto. Al acto, pensó que había encontrado un tesoro y mentalmente, se hizo una larga lista de todos los juguetes y golosinas que con él se podría comprar.

Subió, por fin, la abuela que llevaba rato buscándole para darle la merienda. Y le encontró ensimismado contando una y otra vez aquel sinfín de dinero de papel que había descubierto. De repente, la abuela, retrocedió a su infancia y le vino a la memoria el momento en el que su padre escondió aquella caja. Era el año 1936 y al estallar la guerra, la familia había escondido todo el dinero que tenía de la república. Aquella caja cayó en el olvido y jamás volvió nadie a por ella. Todo aquel dinero no servía para nada más que para reconstruir un pasado que parecía extraordinariamente lejano y que había vuelto de la mano de un chiquillo curioso que no podía dejar de abrir todos los cajones que encontraba.

A partir de aquel día además de cajones y armarios, a la curiosidad de Nicolás se sumaron las baldosas mal encajadas. 

2 comentarios:

  1. Com torna el passat, la majoria de les vegades com un tresor!

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  2. I és que els records són un gran motiu per viure de cara al futur. Gràcies pel teu comentari, Helena!

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