sábado, 22 de febrero de 2014

Los repuntes de Teresa

Si hay un oficio en el mundo que me causa admiración es el de costurera. Las razones son varias, pero me atrevería a considerar la pulcritud en el trabajo como la principal. Hasta el vocabulario que utilizan aquellas que desarrollan su tarea bajo la protección de Santa Lucía es refinado. Las palabras con las que se entienden conforman un código casi secreto que sólo ellas logran descifrar. Detrás de cada pespunte está la perseverancia de quien no se amilana ante un simple pinchazo.
 
Esta es la historia de una vieja costurera que todavía vive. Hoy, ciega, sigue siendo capaz de adivinar la calidad de todas aquellas telas que pasan por sus manos. Sigue siendo un referente para todas aquellas que, un día, pasaron por su taller y aprendieron los quehaceres con los que se ganaba la vida.

Teresa tenía el taller en casa, era la costurera de un pequeño pueblo seco, en el que las malas lenguas, a menudo, conseguían derrotar los deseos de bondad que la maestra del colegio nacional lanzaba a sus alumnos antes de marcharse a casa. 

Todos aquellos dimes y diretes venían de la misma calle, un lugar en el que el azar había dispuesto cuatro casas con cuatro mujeres chismosas al frente. Se encontraban todos los atardeceres para la tertulia y no dejaban títere con cabeza. Consiguieron que el malestar creciera, que traspasara los adoquines de su calle y se extendiera por todas partes. El panadero dejó de hablarse con la verdulera. El cartero hizo lo mismo con el dueño del bar… y poco a poco, aquel pequeño pueblo seco se fue convirtiendo en un rincón sumamente desagradable en el que nadie pasaba más tiempo del necesario en la calle. 

Los chiquillos en el colegio fueron el vivo reflejo de lo que los mayores habían conseguido en las calles. Las horas de recreo se transformaron en escenas de terror en las que unos discutían con otros y se peleaban hasta llegar a las manos. Ante semejante situación, Teresa se fue a ver a la maestra para plantearle la gravedad del asunto. Tras unos días pensando se les ocurrió una feliz idea: los escolares participarían en el concurso de disfraces provincial, y lo harían en grupo. 

Se acercaba Carnaval y tenían muy poco margen de actuación. Costurera y maestra se montaron en el viejo automóvil de la segunda y se dirigieron a la capital de la provincia para inscribir a todos los alumnos al concurso. Una vez inscritos sólo necesitaban el entusiasmo de los niños y el permiso de los padres. 

Se pusieron manos a la obra. Tenían que decidir un tema para empezar a trabajar. Contaban con unas pocas semanas y la ayuda de todos los habitantes del pueblo sería imprescindible. Comunicarían la participación al concurso a través de una circular escolar. Lo hicieron, eligieron las telas más bonitas para los trajes que lucirían los chiquillos: simularían ser el cuerpo de bomberos de la provincia. Tomaron las medidas uno por uno, sacaron los patrones y los repartieron entre todos los alumnos del colegio. Cada uno tenía que llevárselo a casa para coserlo. Teresa escribió de su puño y letra todas las notas necesarias para prestar su ayuda, por lo que algunas madres del pueblo se acercaron a su taller con el objetivo de dejar los trajes de sus niños impecables. 

Durante las tardes de costura se fueron tejiendo lazos y recuperando amistades perdidas. El buen ambiente volvió a llenar todos los rincones del pueblo. Y las cuatro chismosas entendieron que si no se callaban alguien podría coserles la boca con un par de repuntes. 

El día del concurso, el cuerpo de bomberos fue el disfraz más aplaudido. Causó admiración por toda la provincia. Y, sin lugar a dudas, se llevaron el primer premio, pues el jurado estupefacto, decidió otorgárselo por unanimidad.

2 comentarios:

  1. "Y las cuatro chismosas entendieron que si no se callaban alguien podría coserles la boca con un par de repuntes". Els bombers van fer una bona feina de socors!

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  2. Sí! Bona feina la dels bombers! Van aconseguir apagar un foc pervers que es propagava sense límits... Una abraçada!

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