sábado, 11 de enero de 2014

Noche de Reyes

Anxela vivía en un pueblo gallego con sus padres, sus dos hermanas y el abuelo. Su familia no era en absoluto una familia adinerada y ninguna de las tres niñas tenía juguete alguno para pasar las tardes de invierno. Desde octubre hasta marzo las horas de luz escaseaban, los días eran oscuros y fríos, por lo que ningún chiquillo gozaba de permiso paterno para disfrutar del juego callejero.
 
El padre de aquella familia era un hombre singular, diferente al resto de hombres del lugar y de la época. Era simpático, cortés y, aunque rematadamente pobre, tenía porte de distinguido señor. En casa ayudaba con las tareas, siempre tenía una palabra amable preparada para asomar por sus labios, bromeaba con sus hijas y les ensañaba el valor del trabajo y la virtud de la constancia. Aquella familia no tenía mucho que llevarse a la boca, pero parecía alimentarse de la alegría de vivir.
 
En aquella casa solían ahorrar tanto como podían para poder comprar un pollo de corral y comerlo el día de Navidad. Ese era el manjar más especial del año, pues alrededor de la mesa, Anxela se reunía con sus padres, sus hermanas y su abuelo. Eran Navidades pobres, pero las disfrutaban en familia. Cantaban villancicos, recitaban versos y bailaban al son de una maraca fabricada con una vieja botella y las piedras de la calle. Pasado el día veinticinco de diciembre, todo volvía a la normalidad. La fiesta se había acabado.
 
Pero un año la primera televisión llegó al pueblo; fue en el bar de la plaza Mayor y todos los críos se arremolinaron ante aquella extraña caja que hablaba y mostraba imágenes de personas en tres colores: blanco, negro y gris. Un cuatro de enero, como hacía a menudo, Anxela bajó al bar a hojear el periódico del día y poderle explicar a su abuelo los acontecimientos de la zona, las noticias sucedidas. Se quedó encandilada ante el televisor, viendo como un señor elegantemente vestido relataba la llegada de los magos de Oriente que venían de lejos para llenar las casas de regalos.
 
Anxela, a la hora de cenar explicó a su familia lo que había visto y oído por aquel extraño aparato llamado televisor. Los ojos de sus hermanas brillaban ante la posibilidad de recibir el primer juguete de su vida, pero dejaron de brillar a partir del momento en el que sus padres les dijeron que por su pueblo nunca habían pasado los Reyes Magos, que era un pueblo muy pequeño de personas humildes y trabajadoras y que los Reyes no solían tener tiempo de llegar a todos los rincones. Además, su casa, era una de las más apartadas, estaba situada en lo alto de una calle con pendiente, llena de piedras y que por más que quisieran, los Reyes no podrían llegar allí, sus camellos no lo aguantarían.
 
Por primera vez, Anxela hizo caso omiso de lo que decían sus padres al ver en la mirada de su abuelo un signo de complicidad. Después de comer, el hombre le dio un sobre amarillento y un sello, junto con una hoja de papel de igual color que el sobre. Los guardaba desde hacía más de veinte años, por si en un momento de necesidad tenía que escribir una carta a alguien. Le facilitó, también, un pequeño lápiz con el que poder escribir y le dijo:
 
- Hija mía, ha llegado el momento de usar este viejo papel y este viejo sobre. No creo que en la vida los necesite tanto como los necesitas tú ahora. No digas nada a nadie, escribe a los Reyes, pídeles el juguete que quieras y no te olvides de pedirles, también, mucha salud para todos.
 
La niña besó a su abuelo, escribió la carta y bajó corriendo a la entrada del pueblo para tirarla al buzón amarillo que la presidía.
 
Astuta como era, se dedicó todo el día cinco de enero a apartar las piedras de la calle, a limpiarla, a dejarlo todo impecable para facilitar a los Reyes y a sus camellos la llegada.
 
Aquella noche se acostaron muy temprano, con la misma ilusión que desde hace años, todas las Noches de Reyes, asola las casas en las que viven niños y niñas. Durmieron profundamente y el día seis de enero, por la mañana, se levantaron las tres hermanas, sin hacer el menor ruido. Se dirigieron a la estancia que albergaba comedor y cocina y vieron tres paquetes envueltos con papeles de colores.
 
En el más grande, había tres nombres: Anxela, María y Mercedes. Esperaron hasta que sus padres y el abuelo aparecieron en la sala. Había dos paquetes más, uno en el que ponía papá y mamá y otro en el que ponía abuelo. Los abrieron, y eso fue lo que encontraron: para las niñas una muñeca preciosa, peinada con trenzas y vestida con un vestido rojo y blanco. Para los padres, una radio pequeña, que la usaron durante años. Para el abuelo, una boina marrón que jamás se quitó de la cabeza y que hoy, Anxela, guarda en su casa como recuerdo de aquel día.
 
A partir de aquel año, los Reyes no volvieron a olvidarse de Anxela y de su familia.

2 comentarios:

  1. Quina història més tendra! M'ha sobtat molt el principi, que les nenes no poguessin jugar en les tardes sense llum, d'octubre a març.

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  2. Jo, al ser la petita de tres germans, crec que ben aviat vaig deixar de viure la màgia del dia de Reis. Clar! El factor sorpresa me'l van aixafar els tatos!
    Ha estat un plaer llegir aquesta història i recordar el poc que recordo dels meus Reis.

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