sábado, 25 de enero de 2014

Clarín

Una mañana de sol abrasante, Clarín se marchó para siempre y no volvimos a saber de él. Con su cuerpo menudo cruzó rápidamente la puerta y no giró su cabecita para decirnos adiós. Simplemente, emprendió un camino de ida que jamás tuvo vuelta.

Creedme si os digo que Clarín bajaba las escaleras de casa volando al escuchar el tintineo de las llaves contra la cerradura, cuando papá abría la puerta al volver del trabajo. Las bajaba volando literalmente, pues Clarín era un periquito cuyo cuerpo estaba recubierto de plumas blancas y azul celeste, de ahí su nombre.
Era simpático y se pasaba el día canturreando desde su jaula, donde mamá le dejaba el pienso necesario para que pudiese comer todos los días y le rellenaba, a menudo, el pequeño cuenco de agua para calmar su sed.
Clarín era un barómetro vivo. Cuando el tiempo iba a cambiar nos lo anunciaba con melodías diversas. Era gracioso a rabiar, especialmente cuando se avecinaban días de viento que revoloteaba por la jaula de manera desordenada, como anunciando el fin del mundo. Se ponía nervioso cuando Eolo anunciaba su llegada; igual hacía para avisarnos de la lluvia: la melodía era más aguda, y el vuelo dentro de la jaula lo hacía en círculos. Pero los mejores días eran aquellos en los que el sol jugueteaba en el cielo escondiéndose detrás de las nubes y volviendo a salir. Su estado de ánimo cambiaba según la posición del astro mayor; si Clarín percibía su presencia con los rayos que atravesaban el cristal de la ventana, cantaba; si, por el contrario, se escondía detrás de nubarrones espesos, dejaba de cantar, se aposentaba en la barrita de su jaula y esperaba pacientemente que saliera de su refugio.
Y pasaron los días y Clarín nos fue anunciando qué tiempo haría durante la semana.
Cuando papá llegaba del trabajo y mamá escuchaba el sonido del motor del coche mientras aparcaba en la calle, ella abría la puertecita de la jaula, y Clarín salía disparado al escuchar cómo las llaves repicaban contra la puerta. Al entrar, papá silbaba una vieja canción que le había enseñado su madre cuando era pequeño. Clarín se postraba en su hombro, sin moverse, casi como si se tratara de una estatua diminuta, y ambos subían por las escaleras mientras papá entonaba las notas de manera fantástica.
Pero Clarín se hizo mayor y papá, cada vez tenía más responsabilidad en el trabajo. Cada año, trabajaba más y más. Un día, papá llegó a casa y nos explicó que en su empresa le habían propuesto marcharse un par de años a París, con el compromiso de mejorarle las condiciones cuando volviera. Mamá, aunque algo triste, entendió que marcharse era lo mejor que podía hacer. Y papá emprendió su viaje, un domingo de invierno por la tarde.
Clarín, con los días, dejó de canturrear. Dejó de revolotear para anunciarnos el cambio de clima. Parecía que ya no tenía aquella alegría al caer la tarde, la alegría que le impulsaba a bajar las escaleras para reencontrarse con su amo.
Así que decidió emprender un viaje él también. Quién sabe dónde fue, quizá el rumbo le llevó a París, cerca de papá. Quizá a otro lugar del mundo. El caso es que cuando los dos años hubieron pasado, el viaje de papá fue un viaje de vuelta, pero Clarín no volvió jamás y nosotros, decidimos conservar su jaula sin reemplazarle.

sábado, 18 de enero de 2014

La cueva de las mil timideces

Arturo era tímido, muy tímido. Lo pasaba realmente mal cuando tenía que saludar a alguien que no pertenecía a su círculo de confianza. Y le costaba mucho, muchísimo, hacer nuevas amistades, entablar conversaciones en el ascensor o responder a las típicas preguntas que los niños se hacen, entre ellos, en el parque.
 
Afortunadamente, Arturo tiene unos padres que le quieren mucho y que se preocupan por él. Esa preocupación era soberana en el momento en el que vieron que cuánto mayor se hacía, peor lo pasaba en las situaciones en que debía mostrarse sociable. Así que decidieron buscar una solución con la que todos saliesen ganando. Buscaron en Internet opciones para que su hijo dejara de sentirse incómodo ante desconocidos, consultaron con psicólogos, pedagogos, docentes, incluso con el pediatra del niño, pero nadie acertaba en aportarles una respuesta que les convenciera por completo.
 
Leyeron libros, infinidad de libros, pero tampoco encontraron remedio alguno.
 
Hasta que un día, en un pequeño restaurante de montaña, conocieron a Gloria. Tenía catorce años y era la joven más sociable, educada y simpática que habían visto jamás. Arturo, a sus diez años, se sonrojó y le resultó imposible articular una sola palabra. Se la quedó mirando mientras ella hablaba y gesticulaba, se mostraba amable con todo el mundo como si les conociera de toda la vida. Ella se dio cuenta de que Arturo la miraba embobado y se le dirigió con una dulzura singular, como si detrás de aquel jovencito tímido pudiera adivinarse una gran persona que, en un futuro no muy lejano, sería capaz de entablar conversación hasta con las piedras.
 
Gloria se presentó con alegría y consiguió que Arturo se sintiera cómodo con ella. Durante aquella tarde le explicó que ella también había sido una niña tímida hasta los diez años, momento en el que un buen amigo la llevó a la Cueva de las mil timideces. Una vez allí, entró y depositó toda su timidez dentro. Salió nueva, era otra persona que afrontaba las situaciones con desenvoltura y gallardía.
 
Ante la narración de lo sucedido, Arturo se quedó atónito. Quiso saber más sobre aquél lugar mágico y le suplicó a Gloria que le diese alguna pista para encontrarlo, él también quería superar su miedo a conocer gente nueva. Así, que Gloria, le trazó un mapa en un pequeño papel y le hizo prometer dos cosas: la primera, que volvería para confirmarle que todo había salido bien; la segunda, que a los catorce años, revelaría aquel secreto a algún niño o niña que quisiera deshacerse de la vergüenza.
 
Arturo le hizo las dos promesas y pidió a sus padres que le llevaran al lugar que Gloria le había indicado.
 
Llegó, entró y abandonó allí la timidez para siempre; quién sabe si al lado de la de Gloria… Volvió al pequeño restaurante y le contó a su amiga la hazaña. Parecía que todo había salido bien.
 
Dentro de poco Arturo cumplirá catorce años. Es sociable como pocos muchachos lo son, cortés y educado. Guarda en un cajón el viejo mapa que le entregó su amiga, a la espera de encontrar el niño o la niña que lo necesite para dárselo y seguir con la cadena.

sábado, 11 de enero de 2014

Noche de Reyes

Anxela vivía en un pueblo gallego con sus padres, sus dos hermanas y el abuelo. Su familia no era en absoluto una familia adinerada y ninguna de las tres niñas tenía juguete alguno para pasar las tardes de invierno. Desde octubre hasta marzo las horas de luz escaseaban, los días eran oscuros y fríos, por lo que ningún chiquillo gozaba de permiso paterno para disfrutar del juego callejero.
 
El padre de aquella familia era un hombre singular, diferente al resto de hombres del lugar y de la época. Era simpático, cortés y, aunque rematadamente pobre, tenía porte de distinguido señor. En casa ayudaba con las tareas, siempre tenía una palabra amable preparada para asomar por sus labios, bromeaba con sus hijas y les ensañaba el valor del trabajo y la virtud de la constancia. Aquella familia no tenía mucho que llevarse a la boca, pero parecía alimentarse de la alegría de vivir.
 
En aquella casa solían ahorrar tanto como podían para poder comprar un pollo de corral y comerlo el día de Navidad. Ese era el manjar más especial del año, pues alrededor de la mesa, Anxela se reunía con sus padres, sus hermanas y su abuelo. Eran Navidades pobres, pero las disfrutaban en familia. Cantaban villancicos, recitaban versos y bailaban al son de una maraca fabricada con una vieja botella y las piedras de la calle. Pasado el día veinticinco de diciembre, todo volvía a la normalidad. La fiesta se había acabado.
 
Pero un año la primera televisión llegó al pueblo; fue en el bar de la plaza Mayor y todos los críos se arremolinaron ante aquella extraña caja que hablaba y mostraba imágenes de personas en tres colores: blanco, negro y gris. Un cuatro de enero, como hacía a menudo, Anxela bajó al bar a hojear el periódico del día y poderle explicar a su abuelo los acontecimientos de la zona, las noticias sucedidas. Se quedó encandilada ante el televisor, viendo como un señor elegantemente vestido relataba la llegada de los magos de Oriente que venían de lejos para llenar las casas de regalos.
 
Anxela, a la hora de cenar explicó a su familia lo que había visto y oído por aquel extraño aparato llamado televisor. Los ojos de sus hermanas brillaban ante la posibilidad de recibir el primer juguete de su vida, pero dejaron de brillar a partir del momento en el que sus padres les dijeron que por su pueblo nunca habían pasado los Reyes Magos, que era un pueblo muy pequeño de personas humildes y trabajadoras y que los Reyes no solían tener tiempo de llegar a todos los rincones. Además, su casa, era una de las más apartadas, estaba situada en lo alto de una calle con pendiente, llena de piedras y que por más que quisieran, los Reyes no podrían llegar allí, sus camellos no lo aguantarían.
 
Por primera vez, Anxela hizo caso omiso de lo que decían sus padres al ver en la mirada de su abuelo un signo de complicidad. Después de comer, el hombre le dio un sobre amarillento y un sello, junto con una hoja de papel de igual color que el sobre. Los guardaba desde hacía más de veinte años, por si en un momento de necesidad tenía que escribir una carta a alguien. Le facilitó, también, un pequeño lápiz con el que poder escribir y le dijo:
 
- Hija mía, ha llegado el momento de usar este viejo papel y este viejo sobre. No creo que en la vida los necesite tanto como los necesitas tú ahora. No digas nada a nadie, escribe a los Reyes, pídeles el juguete que quieras y no te olvides de pedirles, también, mucha salud para todos.
 
La niña besó a su abuelo, escribió la carta y bajó corriendo a la entrada del pueblo para tirarla al buzón amarillo que la presidía.
 
Astuta como era, se dedicó todo el día cinco de enero a apartar las piedras de la calle, a limpiarla, a dejarlo todo impecable para facilitar a los Reyes y a sus camellos la llegada.
 
Aquella noche se acostaron muy temprano, con la misma ilusión que desde hace años, todas las Noches de Reyes, asola las casas en las que viven niños y niñas. Durmieron profundamente y el día seis de enero, por la mañana, se levantaron las tres hermanas, sin hacer el menor ruido. Se dirigieron a la estancia que albergaba comedor y cocina y vieron tres paquetes envueltos con papeles de colores.
 
En el más grande, había tres nombres: Anxela, María y Mercedes. Esperaron hasta que sus padres y el abuelo aparecieron en la sala. Había dos paquetes más, uno en el que ponía papá y mamá y otro en el que ponía abuelo. Los abrieron, y eso fue lo que encontraron: para las niñas una muñeca preciosa, peinada con trenzas y vestida con un vestido rojo y blanco. Para los padres, una radio pequeña, que la usaron durante años. Para el abuelo, una boina marrón que jamás se quitó de la cabeza y que hoy, Anxela, guarda en su casa como recuerdo de aquel día.
 
A partir de aquel año, los Reyes no volvieron a olvidarse de Anxela y de su familia.

sábado, 4 de enero de 2014

Querid@s lector@s: Espero que hayás tenido un magnífico inicio de año. Por el momento, os deseo una gran noche de reyes. Que seáis muy felices. Volveré con otra historia el próximo sábado. Un abrazo a tod@s!!