sábado, 18 de octubre de 2014

La suerte vestida de Tiffany

María dibujaba muy bien, pero su vida difícil le impedía pintar paisajes bonitos y personas alegres. Sus ilustraciones solían ser grises y oscuras, rayando la tristeza. Y cuánto más grises y oscuros eran sus cuadros, más se complicaba su vida.

De lo tradicional pasó a lo abstracto. Pintaba noche y día en su pequeño estudio, situado en una buhardilla que más bien parecía una madriguera. Sus compañeros eran un par de roedores y una araña enorme gracias a la cual no tenía insecto alguno que le perturbara de su trabajo.

Os preguntaréis por qué era difícil la vida de María. Pues bien, digamos que no había tenido mucha suerte, pero también os puedo decir que se había dedicado a rechazarla hasta que la suerte se había cansado de perseguirla. No sé exactamente el motivo, pero María era cabezota y se ensimismaba hasta el punto de convertir su mundo en un recoveco impenetrable, en el que los días grises se habían convertido en los dueños y señores de la desgracia perpetua en la que ella se había instalado.
Las numerosas ofertas de trabajo en prestigiosas galerías de arte habían desaparecido. La posibilidad de exponer sus cuadros en salas para noveles se habían convertido en oportunidades para auténticos luchadores, no para ella. Y así, sus cuadros, se habían transformado en una especie de réquiem en imágenes que anunciaban su propio fin en el mundo de las artes.
Estaba enterrando su prometedor talento y con él una vida llena de éxitos.
Un día, cansada y aturdida, salió a dar un paseo por su barrio. Un barrio bohemio y hermoso con las calles llenas de gente. Sólo había algo triste: la enorme cantidad de mendigos que deambulaban por sus calles, vestidos con harapos, pidiendo limosna con la mano grasienta y sucia.
María se paró frente al escaparate de una tienda de antigüedades, algunas de ellas valiosísimas. Se fijó en una lámpara Tiffany muy cara. Aquello era un capricho, pero ella podía permitírselo, pues sus padres le ingresaban dinero siempre que lo necesitaba. Mientras pensaba si la compraba o no, se le acercó una mujer de avanzada edad. Se la veía muy elegante, aunque pobre. Iba limpia, olía bien, pero sus ropas estaban viejas, pasadas de moda.
-      ¿Te gusta? – le preguntó la mujer a María.
Ella se sobresaltó, se giró, la miró de arriba abajo y con cierta displicencia contestó con un sí seco, rayando la antipatía.
-      Perteneció a mi familia… - explicó la mujer. – Hace años, cuando vivíamos en el palacete que está en el número nueve de la calle San Salvador.
Sin duda, aquella señora tenía la elegancia de quien ha crecido con una clara despreocupación por el dinero, pero aquel no era precisamente su mejor momento económico.
-      Mi marido se arruinó y al poco tiempo murió. No pude, o no supe, hacer nada por él. A veces pensamos que la suerte nos durará toda la vida. Ojalá hubiera sabido estar a su lado, decirle cuánto le quería. Después de su muerte tuve que vender la casa y me fui a vivir a la residencia de ancianos. Jamás me hubiera imaginado que mi vejez sería así. A veces recuerdo las fiestas en el palacete, las cenas con los cónsules, ya no queda nada de todo aquello, sólo un vago recuerdo…
María escuchaba atentamente el relato, con lágrimas en los ojos. No sabía qué decir, no sabía qué hacer. Aquella vieja lámpara de Tiffany permanecía en la tienda, quieta, esperando su turno.
-      Espéreme aquí, por favor, no se vaya.
Entró y compró la lámpara, pensando que esta vez la pagaría con los pocos ahorros que tenía. Encontraría trabajo, se esforzaría más que nunca, dejaría de ver el mundo de color gris y buscaría el lado positivo de la vida. Al fin y al cabo ella era joven y tenía salud.
Salió, pero la señora elegante ya no estaba, se había confundido entre la multitud. Había desaparecido, dejando una breve lección de vida para María.
Al día siguiente, María quiso visitarla y se acercó a la residencia de ancianos, pero le dijeron que se acercara al palacete de la calle San Salvador, que la encontraría allí. Paseó por el barrio y se acercó al palacete, ya nadie vivía allí, aquello se había convertido en un comedor social. Miró por la ventana y, en la cocina, destacaba una elegante señora que daba instrucciones a todos los que allí trabajaban. Cuando se dio la vuelta, María la reconoció. Aquella señora era la misma con la que había hablado la tarde anterior.
La señora la vio y le hizo un ademán con la mano para que entrara. Ella entró. Y fue así cómo conoció la historia: quien compró el palacete decidió instalar un comedor social a condición que su antigua dueña se hiciera cargo de él.
Desde aquel día, María pinta caras sonrientes, paisajes preciosos. Expone una vez al mes en el comedor social y ha recibido ya varias ofertas para exponer en las salas más prestigiosas de la ciudad. La vieja lámpara de Tifanny ilumina sus cuadros. Y la amistad con la señora elegante se va ido consolidando con el tiempo. La suerte de María, sin duda, ha vuelto para quedarse.


sábado, 11 de octubre de 2014

El armario de la tos


¿Os acordáis de Peyo y Nico? Pues después de ver la caja de cosquillas y el bahúl del hipo, don Heriberto tenía otras sorpresas preparadas. Habiendo empezado ya el colegio, un viernes por la tarde bajaron a su tienda y eso fue lo que pasó..
Don Heriberto les dio una limonada a cada uno y cuando acabaron les rogó que se acercaran a la ventana. Justo allí había un armario bastante nuevo, de madera de cerezo. Era quizás lo más nuevo que tenía Don Heriberto en la despensa. Los chicos se miraron entre ellos, miraron el armario y miraron a Don Heriberto encogiéndose de hombros, como si quisieran preguntarle de qué se trataba sin articular palabra.
Don Heriberto empezó a hablar:
-      Este armario me sirve para no resfriarme en todo el invierno.- Los chicos no entendían exactamente qué quería decir. Don Heriberto siguió. - Mirad, a mí, los resfriados siempre me empiezan con una tos muy pesada que no me deja dormir. Sé perfectamente que si no me cuido, al cabo de dos días de tener tos, me sube la fiebre y tengo que quedarme en cama, al menos, cinco o seis días. Como comprenderéis es algo muy molesto, porque no me apetece hacer nada más que dormir, ni cocinar, ni trabajar, ni limpiar. Con lo cual, eso de ponerme enfermo no me gusta en absoluto.
-      ¿Y qué tiene que ver ese armario con su tos y sus resfriados? – intervino Peyo que, al igual que su hermano, todavía no alcanzaba a entender nada de nada.
-      Pues ese armario es el lugar donde yo almaceno la tos. Cuando llega el frío y empiezo a toser, y ya veo por donde irán las cosas, meto la tos en una bolsa, y luego la guardo dentro del armario. Eso si, no abro el armario en todo el invierno, no vaya a ser que la tos se escape, y luego se propague por toda la ciudad. Cuando acaba el invierno, abro el armario, saco la bolsa, la sacudo y la abro; no sé como, pero la tos se marcha sin rechistar, y no vuelve hasta el invierno siguiente.
-      ¿Y a dónde va? – preguntó Nico con toda su inocencia.
-      Pues no tengo la menor idea, me imagino que al hemisferio sur, para pillar a alguien desprevenido.
-      ¡Pero la gente no tiene armarios para guardar la tos! – insistió Nico.
-      No te creas, la gente tiene muchos más artilugios de los que tu te imaginas. No desprecies nada ni a nadie por su apariencia; en los lugares más inesperados puedes encontrar un invento increíble.
-      ¿Y de dónde sacó el armario? – preguntó Peyo con curiosidad.
-      Pues le pedí a un amigo carpintero que me construyera uno. Veréis, hace muchos años leí que la tos busca un lugar caliente para pasar el invierno y por eso se mete en nuestros bronquios. Pero en realidad le da igual unos bronquios que un armario, lo que quiere la tos es resguardarse del frío, con lo cual que la metan en una bolsa, dentro de un armario le parece estupendo.
-      ¿Y por qué cuando se va el invierno ella se va con el frío? – preguntó Peyo de nuevo.
-      Pues por qué es su destino, ella suele acompañar al frío a todas partes aunque no le guste demasiado. De todas formas las toses más viejas consiguen quedarse con el verano. Esas son las más peligrosas por qué si te encuentran cuando hace buen tiempo pueden fastidiarte, son aquellas que no te quitas de encima en todos los meses de calor. La única solución es ponerse delante de un ventilador toser con fuerza y atraparlas dentro de la bolsa, para guardarlas en el armario.
-      ¿Podremos venir si tenemos tos? – preguntó Nico.
-      Pues claro, la guardaremos en el armario. – respondió Don Heriberto.
Y los tres se echaron a reír.

sábado, 30 de agosto de 2014

Deixem enrera les guerres...

Les notícies dels estius són, des de fa temps, extremadament colpidores. Però si una cosa provoca rebuig és veure civils, entre els quals hi ha quantitats insospitables d'infants, utilitzats com escuts humans...
 
Enmig de tan tèrboles notícies, no puc fer altra cosa que deixar-vos un dels meus últims haikús, que fa referència a un sentiment provocat per la malesa i que, alhora, pretén deixar una petita escletxa de llum.
 
Sigueu feliços!
 
Resta ufana
la caixa de Pandora.
Dins: l'esperança

sábado, 17 de mayo de 2014

El color del miedo

Ante todo, os diré que no os debe importar el nombre de la protagonista de esta historia, es lo de menos. Su edad era corta cuando todo sucedió… tan sólo tenía seis años.

Tenía miedo de todo lo que la rodeaba y de aquello que habitaba en el hogar de su imaginación. La oscuridad, los ruidos estridentes, los monstruos, los demonios, la soledad… pero también tenía miedo de los árboles, de las flores, de los juguetes, de las comidas que preparaba mamá. Era miedosa de verdad y se asustaba por cualquier cosa.

Un día, en el colegio les visitó un payaso muy divertido, hermoso, con una gruesa nariz de color rojo y unos inmensos zapatos azules con una raya verde. Todos los niños y niñas se pusieron muy contentos, se reían a carcajadas. Pero ella se quedó en un rincón, con los ojos llorosos, sintiendo un miedo espantoso de aquel personaje que vivía haciendo reír a los demás.

El pobre payaso, que no estaba acostumbrado a ver llorar a la gente, se le acercó y le regaló una flor enorme. Ella estalló en un llanto tremendo que dejó a todos sus compañeros de clase atónitos. De repente, la flor empezó a cambiar de color. El rojo de sus hojas oscureció hasta volverse negro y después transparente hasta desaparecer. La niña, en lugar de sentir más miedo, se quedó completamente sorprendida, igual que el payaso, igual que las maestras y toda la clase entera.

El payaso repitió la hazaña con un nuevo objeto: le regaló un pañuelo de colores estridentes. Ella volvió a llorar a mares. El pañuelo oscureció, se volvió negro, después transparente hasta desaparecer.

Con el tercer objeto que le regaló el payaso pasó exactamente lo mismo. El cómico sacó un libro de su bolsillo. Era un libro pequeño y cuadrado, lleno de preciosos dibujos de colores maravillosos. Pero ella no frenó las lágrimas que asomaban en un sus ojos marrones. El libro, igual que la flor y el pañuelo de colores estridentes se volvió negro, después transparente hasta desaparecer.

Entonces, nuestra pequeña protagonista empezó a comprender que algo terrible estaba pasando: si ella sentía miedo, no permitía mantener a su lado las cosas más maravillosas. Los objetos más hermosos desaparecían al sentir el miedo de la pequeña, se contagiaban con el mismo sentimiento y como su alma era débil y su cuerpo menudo, no podían luchar con chillidos y llantos por lo que se convertían en polvo.

Al ver lo que pasaba, nuestra pequeña se quedó pensativa. Era ella la que tenía que  solucionar el problema. Así que decidió pedir ayuda a sus papás. El siguiente fin de semana viajaron al monte a contemplar los colores que la naturaleza les ofrecía. Aquello tenía que ser obra de la magia, una magia blanca y buena, pensada para hacer la vida más fácil y agradable a todos. Contempló los pájaros, los árboles, el río, las montañas, y se alegró de formar parte de aquel cosmos ordenado que no tenía nada que ver con el pequeño caos que se formaba en su mente cuando el miedo se apoderaba de ella. No podía permitir que aquel mundo fascinante que la rodeaba oscureciera hasta desaparecer y convertirse en polvo. Así que procuró convertir sus miedos en curiosidad, sus temores en prudencia.

A partir de aquel día empezó a ver el mundo de otra manera, empezó a observar los colores en todas sus tonalidades, no permitiendo que los miedos entraran en sus quehaceres cuotidianos. Por el momento dejó los colores oscuros en el fondo de su corazón; con el tiempo los rescató y los incluyó en la paleta de su vida

sábado, 3 de mayo de 2014

Una caja de cosquillas

Peyo y Nico eran hermanos y a menudo bajaban a la tienda de su amigo Heriberto a pasar la tarde. La tienda de don Heriberto era un minimercado en el que se podía encontrar de todo: desde comestibles frescos hasta las últimas novedades bibliográficas. Era una tienda pequeña y graciosa, en la que los niños disfrutaban de lo lindo.

Una tarde, Peyo y Nico bajaron a verle. Estaban ansiosos, pues era septiembre y el curso estaba a punto de empezar. Llevaban días con los deberes acabados, habiendo jugado un montón de veces a los mismos juegos. Tenían sus mochilas y sus uniformes preparados y ya no sabían que hacer. La tele les parecía aburrida y a la piscina ya no se podía ir porque ya no hacía tanto calor como en julio y agosto.
 
Así, que decidieron ir a ver a su amigo y ayudarle en lo que fuera necesario. Don Heriberto les recibió muy contento (a decir verdad, don Heriberto siempre estaba muy contento, era un tipo al que podríamos calificar de feliz), y nada más verles, fue en busca de un cartel que tenía en un cajón, lo colgó en la puerta y la cerró con llave: “cerrado por inventario”.
-      Venid conmigo, tengo que enseñaros algo muy especial – les dijo a Peyo y a Nico.
Los chicos le siguieron emocionados. Aquella invitación prometía ser algo inigualable. Y le siguieron…
-      Mirad, ¿a qué no sabéis que es eso? – Les preguntó, mostrándoles una caja.
-      Eso es una caja, don Heriberto. Ya hemos visto otras cajas. Mamá las usa para guardar cosas – dijo Peyo.
-      Sí, es una caja. Pero es una caja muy especial. Lo que tiene dentro no es algo cualquiera.
-      ¿Y qué tiene? – preguntaron los chicos al unísono.
-      ¡Cosquillas!
-      ¿Cosquillas? – volvieron a preguntar los dos hermanos a la vez.
-      ¡Pero una caja no puede contener cosquillas! Las cosquillas no se pueden ver, ni tocar, ni coger… - dijo Peyo algo incrédulo.
-      Evidentemente, no se pueden ver, ni tocar, ni coger, pero sí se pueden guardar en una caja – les explicó don Heriberto. – Mira, cuando voy de viaje, lo que más me gusta, es traerme unas cuantas cosquillas de recuerdo. En esta caja, guardo cosquillas de todos los países que he visitado. Yo prefiero eso antes que cualquier figurita o una camiseta. Me encanta coleccionar cosquillas de todo el mundo. Y no penséis que todas son iguales, ¿eh? Las hay de todos los tipos. Algunas son muy juguetonas, otras más tranquilas y suaves. Las de los países cálidos son más lentas y las de los países fríos son más rápidas. Las hay muy traviesas; esas son las que tratan de esconderse cuando tienen que volver a su sitio.
-      ¿Y cómo las guarda usted, a ver? – preguntó Peyo, mientras su hermano miraba la caja de cosquillas conmocionado.
-      Pues mira, si las cosquillas ven que uno tiene buena fe obedecen, y cuando escuchan el sonido de este silbato saben que tienen que volver a su sitio – don Heriberto se acababa de sacar un silbato del bolsillo.
Los dos hermanos se miraban entre sí, miraban a don Heriberto y miraban la caja. No conseguían creer lo que estaban escuchando, hasta que Peyo no pudo más y le dijo a su amigo con mucha educación:
-      Pues mire, don Heriberto, yo no me acabo de creer eso de las cosquillas. Para empezar, no creo que estén dentro de esa caja, y mucho menos me creo que cuando usted toca el silbato vuelvan, desfilando, a su sitio. ¿Tú te lo crees, Nico?
Nico no conseguía articular ni una sola palabra, así que movió la cabeza arriba y abajo, hacia la izquierda y hacia la derecha, sin saber si lo creía o no. No lograba salir del asombro, sus ojos estaban completamente abiertos, y Nico, ni siquiera parpadeaba.
-      Nico, Nico… - dijo Peyo. – ¡Que parece que te hayas quedado dormido con los ojos abiertos!
Entonces Nico reaccionó y con una voz algo temblorosa dijo:
-      Pues yo si le creo y me encantaría ver cómo las cosquillas salen de la caja y vuelven a entrar.
-      Pero piensa – contestó don Heriberto muy serio – que lo más seguro es que vengan hacia vosotros, porque no hay nada que les guste más a las cosquillas que los niños simpáticos.
-      Venga, don Heriberto, por favor, enséñenos las cosquillas de la caja… - suplicó Peyo que empezaba a creer lo que había estado escuchando.
Entonces con mucha delicadeza empezó a abrirla por un extremo…
De repente una música parecida al Vuelo del Moscardón, empezó a sonar y las cosquillas, recorrieron toda la despensa, hasta llegar a la cintura de Peyo y a la de Nico. Los dos estallaron en una gran carcajada y empezaron a moverse sin ton ni son. No podían parar de reír, porque las cosquillas les habían invadido el cuerpo entero y ellos se divertían muchísimo.
Cuando ya llevaban un buen rato riéndose, Peyo, empezó a gritar, entre risas:
-      Basta, basta, por favor. No puedo más.
-      Si, si, basta – decía su hermano.
Entonces don Heriberto tocó el silbato y un sonido estridente hizo que todas las cosquillas se pusieran en fila y se dirigieran hacia la caja. Todas, menos dos. Una de ellas la tomó con Nico y volvía una y otra vez a su cuello. Nico no paraba de repetir:
-      Basta, basta, por favor.
Mientras esa cosquilla se paseaba alegremente por el cuello de Nico, su compañera se escapó y abrió el baúl del hipo.
El baúl del hipo era de pequeño tamaño y allí estaban varios hipos guardados. Uno de esos hipos era amigo de las cosquillas. Aquél que siempre esperaba a que abrieran la tapa para salir, y molestar un ratito. Cuando los niños se reían mucho porque las coquillas no paraban de pasearse por su cuerpo, el hipo actuaba, y no dejaba a los niños tranquilos hasta que alguien le daba un susto tan grande que corría a esconderse de nuevo en su baúl.
A don Heriberto no le gustaba demasiado que las cosquillas abrieran el baúl del hipo. Porque, él, aquel baúl lo tenía por si llegaba alguien muy pesado a la tienda y no conseguía hacerle marchar. A veces, había personas que eran muy insistentes en algo, o que querían ver muchas cosas para, luego, no comprar nada, pero no porque no les gustara o no se adecuara a lo que estaban buscando, sino porque su intención era la de cotillear y ver qué productos había en la tienda. Entonces cuando llegaban personas así, y al cabo de una hora todavía daban la lata, don Heriberto entraba en la despensa, abría el baúl del hipo y este actuaba. Con tanto hipo no se atrevían a continuar hablando y se iban.
Por eso a don Heriberto no le gustaba que las cosquillas se pasaran de traviesas, así que cuando vio que habían abierto el cajón del hipo, sacó su silbato y silbó tan fuerte como pudo. Las dos cosquillas que correteaban por la despensa, se pusieron rápidamente firmes y ligeras desfilaron hasta su paradero. Fue tal el sonido que salió del silbato que el hipo se fue saltando rápidamente hasta su baúl del susto que se pegó.
Entonces don Heriberto pidió disculpas a los chicos por el comportamiento de las dos cosquillas y del hipo:
-      Lo siento, a veces se descontrolan un poco. Esas dos son de Madagascar y son las más traviesas, pero es que son jovencitas y siempre estarían jugando. Les encanta que el hipo salga de su aposento, se ríen un montón con él, pero hoy se han pasado, creo que las dejaré castigadas una temporada.
-      No, no las castigue, don Heriberto, nos han parecido muy simpáticas y nos lo hemos pasado muy bien con ellas. – dijo Peyo.
-      Claro, como a ti no te ha pillado el hipo. – contestó Nico.
-      Me vas a decir que no te has reído. – le replicó su hermano.
-      Si, la verdad es que me he reído mucho. – dijo Nico, todavía con una sonrisa en los labios. – Por favor, don Heriberto, no las castigue, que nos lo hemos pasado muy bien con ellas.
Desde la caja de coquillas y desde el baúl del hipo se oyeron unos toquecitos en señal de agradecimiento.

miércoles, 23 de abril de 2014

Feliç dia de Sant Jordi

Llibres i roses arreu inunden racons d'aquesta terra nostra que sobreviu als sotracs de la incertesa, a l'ambició i l'avarícia de qui vol fer seus vells costums i tradicions que són de tots.

Que els pecats de qui s'amaga sota una manta de tolerància i democràcia no ennuvolin l'amor i la cultura. Recordeu que fins i tot el drac que abusava del poble va ser mort!

Feliç dia de Sant Jordi!

sábado, 22 de marzo de 2014

Vaya con Dios, don Adolfo

Hay momentos en los que el recuerdo se impone a la imaginación y la memoria nos invita a desplazarnos a un pasado remoto salpicado de momentos inolvidables.

Viena, julio de 1987
Era mediodía y, con mis padres, nos acabábamos de sentar en un restaurante de la ciudad, situado en lo más alto de la Donauturm. Durante la comida se podían divisar todos los parajes de la capital austríaca, pues el platillo volador no cesaba de dar vueltas para mostrarnos los rincones más maravillosos.
Mi memoria falla al intentar recordar qué comí aquel día y el motivo de ello se llama Adolfo Suárez. En el momento en el que pedíamos nuestros platos, llegó el expresidente con su familia y discretamente se sentó en una mesa. Aun así, la seguridad desplegada en el restaurante llevaron a mi madre a preguntar qué pasaba y, muy amablemente, el maître de la sala le informó que el expresidente del gobierno español, Adolfo Suárez, acababa de entrar en el restaurante, en viaje privado.
Ni corta ni perezosa, mi madre se levantó de la mesa y ante la desaprobación de mi padre se dirigió hasta el expresidente para saludarle. Mi padre, nervioso, impaciente, no paraba de resoplar, peguntando una y otra vez qué estaría haciendo mi madre y por qué tardaba tanto. Ella volvió al cabo de diez minutos, encantada, cantando las excelencias de aquella familia ejemplar y aquel señor tan sumamente amable que, estando de vacaciones, no se olvidó de su condición de servidor y la atendió con exquisita sencillez.
Comimos disfrutando de las vistas y nos marchamos. Me llevé el postre, como siempre hacía cuando se trataba de un helado.
Ya en la zona de aparcamiento descubierta del restaurante, entramos en el coche y nos dispusimos a marchar. Pero antes de que mi padre pudiera dar el contacto, Adolfo Suárez, junto a su familia, abandonó también el restaurante.
Al ver una matrícula española, esta vez, fue él quien vino a nuestro encuentro para saludarnos y desearnos un feliz viaje. Me encerré en el coche y no quise salir; me quedé comiendo mi helado, mientras mis padres hablaban con él y con doña Amparo como si se conocieran de toda la vida.
Al despedirse, él quiso saludarme a mí también. Mi padre insistió para que me bajara del coche a saludar, pero me negué rotundamente. Disgustado, observó como el primer presidente de la democracia, se acercaba a la ventanilla, se me dirigía dulcemente y alargaba su mano para estrechar la mía: “Que niña tan guapa”, me dijo, “pásalo bien con tus padres”. A aquel gesto siguieron besos, abrazos y deseos de felicidad ante un verano que se presentaba caluroso.
Pasé el resto del viaje arrepentida por no haber querido bajar del coche.
Durante años, tuve idealizada a la clase política al pensar que la sencillez y la elegancia de todos ellos eran igual que las del presidente Suárez.
Hoy es un día triste ante el inminente desenlace. Se va, ante todo, una persona que sabía estar, que supo bajar su listón para saludar a una niña vergonzosa que no quiso bajarse del coche; alguien que desplegó todos sus encantos ante una familia que simplemente quiso saludarle y desearle unas felices vacaciones. Se va alguien que, con sus aciertos y sus fallos, fue respetado porque supo respetar.

sábado, 15 de marzo de 2014

Mañana será otro día


Y se convirtió en ángel… 

Agradeciendo eternamente a sus padres
aquel amor incondicional,
aquel baile entre mariposas,
aquellos días felices en los que su visión del mundo
tenía los colores del arco iris
por el que se deslizó para subir al cielo.

Les cuida,
les protege,
les ama.

sábado, 8 de marzo de 2014

Buenas noches, Doña Oscuridad


Cuando el último rayo de luz desaparecía, doña Oscuridad salía de su escondite, completamente convencida de que nadie la quería. Miedosa, avanzaba lentamente hasta que conseguía inundar todos los rincones de los hogares. Y de vez en cuando pensaba en lo sola que estaba y se sentía y no lograba comprender porqué los niños y las niñas la temían, a ella, que era la más silenciosa y la que nunca molestaba a nadie.

La tristeza crecía cuando se daba cuenta de que las mamás y los papás siempre daban las buenas noches a sus hijos antes de apagar la luz, y no pronunciaban los buenos días hasta que el primer rayo de sol asomaba por la ventana. Nunca nadie le dirigía la palabra, y eso la dejaba sin ánimo.

Casi cada noche, el grito de algún chiquillo la atemorizaba:

- Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaá!!!!

“Oh no!” pensaba doña Oscuridad, “la palabra maldita”, y se preparaba para esconderse. Sabía que en breve se encenderían las luces y ella, a la que todos temían, sentía un miedo espantoso a la claridad. Pensaba que todos se fijaban en un pequeño rayo de luz en medio de la oscuridad, pero nadie prestaba atención a una ranura de oscuridad en medio de la luz. 

Un día, en casa de Arturo, cuando todos dormían, doña Oscuridad salió de su escondite, algo nerviosa al pensar que el niño no estaba del todo dormido y que en cualquier momento podía llamar a su madre. Triste, se arremolinó por todos los rincones de la habitación y esperó, con dignidad, a que volviera a salir el sol. De repente, el señor Sueño, que siempre viajaba con una maleta cargada de aventuras, se le acercó y, sin dudarlo, al verla tan sola y tan triste, le preguntó:

- ¿Qué te pasa?

Doña Oscuridad no respondió. El señor Sueño volvió a preguntar:

- ¿Qué te pasa?

- ¿Es a mi? – dijo ella sin acabarse de creer que alguien le dirigiese la palabra.

- Pues claro que es a ti ¿a quién quieres que se lo pregunte?

- No lo sé… es que a mi nadie me dice nada…

- ¿Qué te pasa? – insistió el señor Sueño por tercera vez.

- Pues eso que te digo, que nadie me dice nunca nada, que nadie me quiere. Todos se dan las buenas noches antes de apagar la luz, y no se dan los buenos días hasta que ven el primer rayo de sol. Los niños y las niñas me temen, y yo, cada vez que la claridad aparece tengo que correr a esconderme en cualquier parte si no quiero acabar perdida en el fondo de un cajón.

- Pero ¿por qué dices que nadie te quiere? A mi me gustas mucho y me caes muy bien, y conozco a alguien a quien también le encantas – le explicó el Sueño.

- ¿Ah si? ¿A quién? – preguntó doña Oscuridad dibujando una expresión de sorpresa en su rostro.

- A don Silencio. El pobre ya es mayor y no soporta la luz, por qué dice que luz y ruido siempre van unidos. Mira, si tú no salieras todas las noches, yo no podría hacer bien mi trabajo. Ya sé que los niños no lo saben, en realidad, no llegan a comprenderlo hasta que crecen, y es una pena, porque nos tienen miedo, y sus padres no saben como explicarles que no nos deben temer en absoluto – el Sueño acabó su discurso.

- Pero yo me he fijado que tú apareces en cualquier momento, hasta cuando hay luz. A ti ¿no te da miedo la luz?

- Muchísimo miedo me da. A mí, la luz no me gusta en absoluto – explicó el Sueño.

- Entonces ¿por qué trabajas cuando hay luz? – preguntó doña Oscuridad con curiosidad.

- Un viejo cascarrabias me obliga. ¿Has oído hablar de don Cansancio? Me obliga a trabajar aunque no quiera – respondió el Sueño casi llorando – Me empuja y me empuja hasta que no me quedan fuerzas para resistir. No sé como lo hace pero siempre acabo saliendo de mi escondite. Por eso me ves a veces cuando hay luz.

- Vaya, eso si que debe ser duro. – dijo doña Oscuridad – No sabía que tu vida fuese tan difícil. Yo te veía siempre con tu maleta cargada de aventuras, y creía que eras muy feliz...

- Y lo soy, porque normalmente puedo trabajar sin problemas, y los niños y las niñas me quieren mucho, les gustan las aventuras que les traigo. Lo único que me disgusta es que don Cansancio me obligue a trabajar cuando a él le apetece.

Doña Oscuridad y el señor Sueño se miraron y se dieron cuenta de que se necesitaban la una al otro. Debían convencer a don Cansancio para que hiciese más vida nocturna, aunque fuese tan mayor, y no saliera de día. Y lo hicieron. Al alba, la Oscuridad muy débil y el Sueño a punto de desvanecerse, pescaron a don Cansancio que se había aposentado en un rincón de la cama de Arturo. Don Silencio les miraba desde lejos, como nunca decía nada, no participaba en ninguna conversación, algo que tenía sus ventajas, porque nadie se enfadaba con él.

Los tres, Oscuridad, Sueño y Cansancio, sellaron un pacto: saldrían siempre a la vez, cuando el sol se hubiese acostado, vencerían sus miedos y tristezas y trabajarían en equipo para hacer de las noches momentos dulces y agradables. Quizás así, todos los niños, se darían cuenta de la importancia de un buen descanso y dejarían de temerles para siempre. Se abrazaron y se sintieron más unidos que nunca.

Al ver el pacto, don Silencio, desde su rincón, estalló en una carcajada muda.