sábado, 7 de diciembre de 2013

Rosa Rosae

Hace años conocí a un sabio. Me acuerdo como si fuese ayer del frío sótano en el que nos instruía a cuatro o cinco alumnos a la vez: desde las declinaciones en latín hasta la tabla periódica de los elementos. Sabía de todo y era capaz de transmitirlo de la manera más didáctica que uno se pueda llegar a imaginar, sin doblegarse ante ninguna insolencia.

Amaba la docencia como amaba la música, la literatura, las lenguas y la física. Sabía matemáticas, leía la historia en francés, la filosofía en alemán y los clásicos en versión original. Dominaba el ruso, el italiano, algo de chino. Y detrás de aquellas mil facetas, se escondía un hombrecito de cabello blanco y tez arrugada cuya preocupación era transmitir aquel sinfín de conocimientos a todos los jóvenes que, con la cabeza algo hueca, desfilábamos por su improvisada sala de estudio.

Algunos días, en primavera, cuando llegaba a su casa, antes de llamar a la puerta me quedaba en el jardín escuchando como el viejo profesor, desde la sala de estar, golpeaba suavemente las teclas de marfil de su piano. Las notas salían disparadas, se deslizaban y mezclaban con el polvo de las estanterías hasta convertirse en las cuatro estaciones que Vivaldi había compuesto siglos atrás. Desafiaba a Wagner, competía con Mozart. Los sonidos bailaban sin parar, escondiéndose, juguetones, por los rincones de la sala destartalada y él seguía con empeño, como si nada en el mundo importase más que no dejar huérfanos aquellos primeros acordes.

Pasé tardes enteras en el sótano que había convertido en una especie de colegio clandestino, haciendo nuevas amistades procedentes de todos los centros públicos y privados de la ciudad. El profesor era una eminencia, alguien sorprendente, capaz de despertar el interés por el saber a cualquier criatura. Mientras yo aprendía a pelear con las declinaciones latinas, alguna de mis compañeras conseguía coquetear con los polinomios hasta llegar a dominarlos. Pero el viejo profesor nos enseñó algo mucho más importante, nos enseñó el significado de la palabra humildad. Parecía la reencarnación de Sócrates, una personalización genial de aquel universal “Sólo sé que no sé nada”; nos inculcaba el valor de la cultura y nos repetía, hasta la saciedad, la importancia de ejercitar nuestra memoria, de alimentarla, de mantenerla viva, con el fin de aprender a razonar y a argumentar.
Sus enseñanzas fueron, sin duda alguna, el mejor legado que dejó a todos los que nos sentamos, una y otra vez, en los bancos de colores de su aula fría y, en ocasiones, llegamos a tejer grandes amistades.
Pasaron los años y los pupilos de aquel hombre tomamos nuestros caminos, fuimos acabando los estudios, de ciencias, de letras, de sociales… todos teníamos una base común forjada entre un viejo sótano y un jardín algo descuidado.
Un día supe que había muerto. Un accidente doméstico se lo llevó. Siempre he querido imaginar que no sufrió, que él mismo adivinó que había llegado su hora y se había marchado sin hacer ruido, sin molestar, resignado, como los más grandes. Su cuerpo tibio, tumbado en el suelo, fue la última estampa que vieron sus hijos.
A veces, paseo por el centro de mi ciudad y me paro en la plaza que lleva su nombre, respiro hondo e intento recordar los esfuerzos que hizo para enseñarme aquél Rosa Rosae sin que me pareciese aburrido. Lo recito para mí, lo repito para él, es mi pequeño homenaje a aquel hombre que, en su ser, fue capaz de albergar tanta sabiduría y entregárnosla, envuelta en una sonrisa torcida, sin pedir nada a cambio.

8 comentarios:

  1. De tota la meva vida educativa (parvulari, EGB, institut, universitat) recordo dos professors que em van fer sentir, més o menys, el que tu descrius en aquest relat; per això m'agrada tant llegir-te, Elisenda, perquè molts cops aconsegueixes que recordi!

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    1. Gràcies un cop més, Gemma! La veritat és que l'empremta que deixen els professors savis és inoblidable...

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  2. Un molt bon homenatge al senyor Solans que, un cop més, m'ha posat la pell de gallina. Gràcies Elisenda!

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    1. Gràcies a tu, Núria! Hi ha persones que et marquen per sempre... Crec que tots els que vam passar per la seva aula podem dir-ho!

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  3. Aquest tipus de professors et fan una influència per tota la vida.

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  4. Sóc la Núria Serradell, la iaia de la Núria Oliva. No pensava que es pogués fer un comentari tan exacte del nostre Senyor Solans com has fet tu, Elisenda, era únic. Jo tinc més de 80 anys i el recordo com si el tingués davant preguntat-me les declinacions que tant bé ens va ensenyar. No podria qualificar els seus èxits, eren totals en tots sentits. q.e.d.

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    1. Núria, un plaer llegir el comentari i adonar-me'n que va deixar petjada a diverses generacions. Va ser un gran sabi, un gran mestre. Mil gràcies per les paraules. Una forta abraçada!

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