sábado, 21 de diciembre de 2013

El viejo tronco de Navidad

Se acerca la Navidad y las costumbres cambian según el lugar. Pero eso no significa que no podamos incorporar a nuestras celebraciones particulares lo que más nos guste de cada tradición.

Tras un trimestre ajetreado, lleno de estudios, actividades y un traslado de domicilio, llegaron las fiestas de Navidad y con ellas las vacaciones escolares. Por costumbre, el veintidós de diciembre la familia de Marta y Mateo se trasladaba a la casa de la sierra para pasar allí unos días hasta fin de año. Y aquel año tenía que ser igual: los pequeños se marcharían con los abuelos, mientras los padres trabajaban hasta el mediodía del veinticuatro de diciembre. En Nochebuena cenarían todos juntos y se acercarían a la parroquia del pueblo a las doce, para la misa del gallo.

Pero las costumbres y las tradiciones, pueden verse alteradas cuando uno menos se lo espera. Lo que pasó aquel año cambió el rumbo de las cosas y las Navidades fueron algo diferentes.
En la escuela, aquel curso, habían llegado a la clase de Marta, unas gemelas de Manresa, Montserrat y Núria. Se hicieron muy amigas y cuando se acercaron las fiestas, las niñas le contaron a Marta una tradición de la que jamás había oído una palabra: la tradición del tió. El tió es un viejo tronco de árbol que parece no servir para nada, pero a mediados de diciembre aparece en las casas en las que hay niños. Tiene unos ojos vivos y una boca contenta; se le da de comer durante varios días y en Nochebuena, mientras se le canta una canción y se le pica suavemente con un bastón de madera, él va cagando regalos.
El día que la abuela pidió ayuda para decorar la casa, a mediados de diciembre, los chicos se la prestaron sin rechistar. Pero Marta tenía pensado algo especial: si el tió no venía, irían a buscarle. Y cuando tuvieron la casa decorada y Marta, Mateo y sus primos se dieron cuenta de que el tió no había aparecido, salieron al jardín a llamarle, a mirar por todos los escondites a buscarle en cualquier rincón. Pero no había ningún tronco desconocido capaz de asumir aquella tarea. Se sentaron los cinco en la escalera, decepcionados, tristes al ver que la historia de Montserrat y Núria no servía en todas las casas.
Estuvieron en silencio cinco minutos, diez, quince… y de repente un viejo tronco que convivía con unos enanitos de colores en un rincón del jardín, se movió. Un poco, luego un poco más.
-      Shhhht! – les llamó.
Los chicos se quedaron perplejos. Aquel tronco de árbol parecía muerto, llevaba años en aquel jardín y jamás había dado señales de vida. Se levantaron y se acercaron a él, le miraron, le tocaron, le cantaron la canción que Marta había aprendido de sus amigas. Y al viejo troco se le dibujaron, como por arte de magia, unos ojos brillantes y una boca sonriente. Lo entraron en casa, le dejaron al lado del árbol recién decorado, le pusieron una mantita por encima.
Con la llegada de aquel invitado especial, la familia no se atrevió a trasladarse a la casa de la sierra y pasaron las Navidades en la ciudad. Fueron unas navidades distintas, llenas de sorpresas. En Nochebuena, después de cenar, todos picaron suavemente en la espalda de aquel viejo tronco de árbol que llevaba años en un rincón del jardín de los abuelos. Y el tió no se olvidó de nadie, hubo caramelos, chocolatinas y pequeños monigotes de juguete para todos.
Estoy segura de que en todos los jardines hay un viejo tronco de árbol esperando que los niños le rescaten. Sólo hace falta que conozcan la historia y crean en ella, con fe ciega, como hicieron Marta, su hermano Mateo y sus primos Javier, Jacobo y Jaime.

2 comentarios:

  1. Fins que no hem tingut els nebots a casa, no recordava ja les vegades que amb els nostres cosins gaudíem tant del Tió de Nadal, juntament amb els meus iaios, promotors, sens dubte, d'ajuntar-nos sempre a tots per aquestes dates. Quins records!

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  2. Té molt d'encant, el tió, més que el Pare Noël. Però nosaltres no picàvem suau, sinó molt fort, quins tips de riure!

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