sábado, 14 de diciembre de 2013

El paso de Yana

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué los pasos de cebra se llaman así?

Yana nació en Zimbawe y a los pocos días de haber llegado a este mundo se la llevaron al zoo de París. Era una cebra común, muy hermosa. Sociable, como todas las de su especie; relinchaba a menudo para demostrar su acuerdo o su desacuerdo con sus cuidadores.

En París se adaptó medianamente bien, aunque la libertad de la que hubiese gozado en su tierra no era la misma. Ella no lo sabía, pero intuía que aquel espacio pequeño en el que vivía no era más que una cercana y triste copia de su hábitat natural. Se distraía, sí, pero no podía correr por las inmensas extensiones que su tierra le hubiese ofrecido.

Cada día pasaban cientos de niños por delante de su morada, procedentes de colegios durante los días lectivos, acompañados de sus familias, los fines de semana. A Yana le gustaba el griterío, los mil y un sonidos que aquellas criaturas eran capaces de pronunciar. Se entendían los unos con los otros, corrían, saltaban, incluso alguno intentaba la hazaña de colgarse de alguna rama. Se les veía, más o menos, felices.

Y Yana vivía dentro de un paraíso de comodidad y resignación, en el que nunca le faltaba la comida, pero en el que nunca aparecía un río que atravesar.

Una mañana, ante el espacio que ella consideraba su hogar neutro y seguro, aparecieron unos inmensos ojos marrones, encima de una nariz respingona y pecosa y debajo de un pelo revuelto y pelirrojo. Aquellos ojos se clavaron encima de sus rayas y de la diminuta boca de aquel gracioso ser empezaron a salir, acompasadas, una serie de palabras cortas, que desfilaban por el aire como si fuesen soldados que marchan al son de la música militar.
 
-      Un, deux, trois, quatre, cinq, six, sept…
Se llamaba Guillaume, había venido con su abuelo y se estaba preocupando por saber cuántas rayas había en el cuerpo de Yana. Le llamó tanto la atención aquel pijama que vestía el caballo de patas cortas, que rápidamente se lo contó a su abuelo sin llegar a imaginarse las consecuencias que aquello podría traer.
El abuelo de Guillaume era un reconocido ingeniero de caminos que trabajaba en el ayuntamiento de la ciudad. En aquellos años, los coches habían llenado las calzadas, dejando atrás la lentitud de los elegantes carros de caballos. Los autos motorizados fascinaban a los niños, hasta el punto de generar cierto peligro para su integridad física.
Al darse cuenta de la atención que Guillaume prestaba a las rayas de aquella cebra, al ver como quedaba paralizado contándolas, el abuelo pensó rápidamente en la posibilidad de pintar unas iguales en el suelo de las carreteras, ante las cuales los niños se detendrían, esperarían su turno, evitando así, que los automóviles les pudieran atropellar.
Planteó la idea en su departamento el siguiente lunes y fue aceptada con entusiasmo y admiración. Al cabo de unos meses, la capital francesa lucía pasos de cebra por todos aquellos rincones por los que los peatones querían cruzar. Y al cabo de unos años, fueron muchas las ciudades que copiaron aquella magnífica idea, con la única intención de facilitar la vida a sus ciudadanos.

2 comentarios:

  1. La historia del paso cebra, ¿realidad o ficción? ¿Quién lo sabe?

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  2. Un pas zebra seria més que això. Simbolitzaria el contrast entre els que passen i els que deixen passar. Tu sí que has deixat anar la imaginació!

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