sábado, 28 de diciembre de 2013

El flecha de Lavapiés

Acabada la guerra civil, los vencedores instauraron la idea de una nueva España que se debía construir a partir de la concepción del orden que ellos tenían. Dos pilares esenciales: amor a la patria y amor a Dios.

Los niños pequeños y los chicos jóvenes gozaban de excursiones y campamentos si pertenecían a los diferentes grupos organizados en los que se les preparaba para ser hombres el día de mañana: pelayos, flechas y cadetes. Las niñas aprendían labores en la sección femenina, con la intención de que pudieran desenvolverse airosas en sus futuros hogares.

En general, los flechas eran hijos de falangistas, aunque en sus filas acogían, también, a aquellos chiquillos cuyas familias estuvieran dispuestas a dejarles viajar por la nueva España y demostrar a la población las virtudes de unos gobernantes capaces de confesarse y comulgar después de firmar una sentencia de muerte.

Los destrozos sufridos y las pérdidas irreparables impulsaron a generalizar un sentimiento de miedo ante la posibilidad de otro alzamiento; hombres y mujeres intentaban rehacer su día a día, seguir adelante, callando incluso entre las cuatro paredes de sus hogares. Los que pudieron se marcharon al exilio, otros permanecieron escondidos en falsas habitaciones que se habían construido detrás de despensas casi vacías; la mayoría reconstruía su vida sin hacer el menor ruido, pasando desapercibidos entre los que ostentaban un cargo por ser afines al régimen, procurando dar a sus hijos una educación que les permitiera mejorar en el futuro.

En el devenir de esa España reciente José María, por casualidad, fue a parar a las filas de los flechas, en sustitución del hijo de un reconocido falangista que cayó enfermo. La posibilidad de ver las ciudades españolas, viajar en tren y moverse por Madrid en metro sin pagar un céntimo, le llevó a insistir en casa para que le firmaran los papeles necesarios; a los pocos días, vestía camisa azul bordada en rojo, pantalón corto y boina. Y rodeaba la meseta por los caminos de hierro del norte de España, con la finalidad de presentarse con sus compañeros ante el Caudillo y hacer la demostración de gimnasia para la que habían estado ensayando. En Valladolid, agotado de tantas horas de tren, se atrevió a bajar la ventanilla; el viento se llevó su boina.

Una vez en Madrid (sin boina), le acogieron en casa de un secretario de embajada que vivía en una de las calles más distinguidas de la ciudad. Él se movía por la capital en metro, pues por el simple hecho de vestir el uniforme de flecha tenía pase gratuito. La ciudad no la conocía demasiado, pero las líneas del tren subterráneo, próximas a su casa, las conocía como la palma de su mano.

En uno de esos días previos a la representación ante el caudillo, José María se perdió por las calles de la ciudad. Caminó un rato y se dio cuenta de que la zona que pisaba le era completamente desconocida. Buscó, entonces, una estación de metro y llegó a la de Lavapiés. Tenía la misma estructura y aspecto que el resto de estaciones, pero aquel nombre se le antojaba completamente distinto. No era posible que Lavapiés fuese una estación de metro, aquellas instalaciones debían ser unos baños públicos, pensó. Sin embrago, haciendo caso omiso a sus pensamientos, bajó parte de las escaleras que conducían al andén y allí, de nuevo, un cartel que anunciaba el nombre de la estación: Lavapiés. Lo miró fijamente. Decididamente, aquello no era una estación de metro. Debía ser lugar de acondicionamiento e higiene personal. Se giró y vio las escaleras como el camino de subida; dejando atrás el cartel de la estación salió a la calle. Estaba perdido y se acercaba la hora de volver a casa.

Al fin, un matrimonio elegante se fijó en él y se le dirigió, dándole las instrucciones necesarias para llegar al edificio del secretario de la embajada que le había acogido. Le separaban tan sólo diez minutos a pie, por lo que aquellos baños públicos de Lavapiés quedaron atrás, con la incógnita de si un gusano de vagones se desplazaba por sus vías.

Con los años descubrió que lo que él había confundido con unos baños públicos era una estación de metro más de la capital española. De vez en cuando nos explica la historia y en sus ojos veo como retrocede al Madrid de la posguerra y se convierte de nuevo, en un joven flecha vestido con camisa azul.

2 comentarios:

  1. El govern estatal actual sembla que s'estigui convertint, de nou, en "un joven flecha vestido con camisa azul".
    Molt ben escrit!

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    1. És una història basada en fets reals que no em canso mai de sentir... Celebro que t'hagi agradat l'escrit. Bona entrada d'any, Helena!

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