sábado, 16 de noviembre de 2013

Pongamos que hablo de vivir

Martina es valiente desde antes de nacer.

El azar se encaprichó de la salud de su madre y quiso que enfermara durante el embarazo. Pero su madre es fuerte y pensó que debía ser la naturaleza quien decidiese el futuro de su hija. Y la naturaleza decidió que Martina tenía que vivir, porque a veces ocurren cosas inexplicables.

Recuerdo perfectamente el día que hablé con ella: “Se llama listeria” me dijo. Yo busqué el nombre de esa extraña enfermedad que consumía la vida de mi amiga y debilitaba su voz y sus andares. Síntomas similares a una simple gripe, pero consecuencias nefastas para una mujer encinta.

El verano se acercaba y la listeria derivó en una grave meningitis que puso en peligro, de nuevo, la vida de mi amiga y la de la criatura que albergaba en sus entrañas. Fiebres altas y dolores de cabeza se apoderaron de su ser. Las esperanzas se desvanecían con el devenir de los días y cada hora que pasaba lo considerábamos un regalo que la vida nos hacía. Llegó la víspera de San Juan y estando de boda, a las doce de la noche, Raquel y yo, nos esfumamos para rezar juntas por nuestra amiga, su hija y el futuro de las dos.

En los casos de extrema gravedad todo el mundo se atreve a opinar y a dar consejos, todos nos creemos que sabemos y entendemos de cualquier tema. “No deberías seguir con el embarazo”, era una frase frecuente que se escuchaba entre las cuatro paredes de la habitación en la que mi amiga había trasladado su residencia.

Finalmente, consiguieron vencer la enfermedad. Las fiebres desaparecieron y los dolores de cabeza también. Los últimos meses de embarazo se desenvolvieron en la casita que habían comprado en un pueblo de playa, cerca de Barcelona.

Él no estaba seguro. Había considerado tantas veces la posibilidad de que no saliese bien que las horas de desvelo empezaron mucho antes de convertirse en padre. Ella, sin embargo, sentía que había acertado al seguir adelante.

Llegó el momento y Martina nació. Miles de pruebas y habitaciones desangeladas fue lo que conformaron sus primeros días. El estrés y el miedo se mezclaron con la dulzura amarga de una nueva vida que pendía de un fino hilo; un hilo que en cualquier momento podía romperse. Pero a cada hora que pasaba se perfilaba una estrella en la planta del pie de la pequeña. Una estrella que quedó perfectamente marcada a los cinco días de habitar esta tierra y que redujo los temores hasta convertirlos en un simple recuerdo.

Hace poco, Martina cumplió cinco años. Es una niña sana, con unos inmensos ojos negros en los que se refleja la alegría de vivir. Siempre me acuerdo, es a principios de octubre. Cuando llega la fecha me doy cuenta de que con ella, la naturaleza, una vez más, me convenció de que debemos creer en los milagros, me convenció de que debemos aprovechar la oportunidad de vivir.

4 comentarios:

  1. Aconsegueixes que s'esborroni la pell en tot moment; mantenir el lector pendent d'allò que succeirà és, sens dubte, una fita assolida. Enhorabona! M'encanta!

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  2. Gràcies pels vostres comentaris. Són l'alè per continuar...

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  3. A mi també m'ha agradat molt, he patit amb ella.

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