sábado, 9 de noviembre de 2013

Los veranos tras el muro

La noche del nueve de noviembre de 1989, Otto saltó el muro y pisó las calles del Berlín occidental, una tierra en la que no ponía los pies desde hacía casi tres décadas. Buscó a Ilse; la encontró de madrugada. Se miraron, él la reconoció nada más ver el destello azul de sus ojos. Llevaban veintiocho años esperando aquel momento…

Permitidme que hoy os relate un fragmento de las vidas de Ilse y Otto para conmemorar el aniversario de la caída del muro de Berlín.
 
Ilse vivía en un pueblecito bávaro. Un lugar pequeño y hermoso en el que sus casas formaban una cuadrícula perfecta y su colegio, la iglesia y el colmado completaban la harmonía hasta convertirlo en uno de los rincones más delicados que alguien puede llegar a visitar jamás. Otto pasaba allí todos los veranos, en casa de su abuela.

Corría el verano de 1954, ella tenía ocho años, él tenía diez. Era agosto y faltaban pocos días para que Otto regresara a su casa, en Potsdam, y empezara el curso escolar. Las horas de luz y el buen tiempo permitían que los niños pasaran sus últimas tardes de verano al aire libre, así que Ilse y Otto jugaban cerca de sus casas, en una calle estrecha y adoquinada. Un día se les ocurrió dibujar algo en el suelo; querían que una farola iluminase una estampa bonita capaz de animar las largas tardes oscuras que los meses de otoño e invierno les depararían en pocos días. Y lo hicieron. Eligieron el lugar y, con unas tizas que Otto solía llevar siempre encima, pintaron un paisaje de verano precioso, con su sol, sus montañas, su río lleno de agua –que invitaba a bañarse hasta al más friolero-. Todos, en el pueblo, tuvieron palabras de elogio para los pequeños artistas que habían sido capaces de plasmar un paisaje de ensueño con sus menudas manos.
 
Aquel cuadro callejero empezó a desdibujarse con la lluvia repentina que asola una tarde de finales de verano. Lo que fueron vivos colores llenos de simpatía quedaron diluidos con las gotas revoltosas que se desprendían de las nubes de manera incansable hasta conformar una tormenta.
El desconsuelo de Ilse fue bárbaro, las lágrimas asomaban en sus ojos y salían a borbotones. Pero el trabajo y el esfuerzo vieron su recompensa al día siguiente, cuando un Arco Iris se dibujó en el horizonte. Alguna nube inquieta y misteriosa había robado aquellos colores del suelo y, olvidando su trazo original, los había dispuesto en lo más alto para que todo el mundo los pudiera contemplar.

Otto se marchó y volvió durante siete veranos más. En aquellos años, Ilse se convirtió en una bella muchacha; su bondad se reflejaba en la inmensidad de sus ojos azules y su sonrisa alentadora evocaba los cascabeles con los que, la Noche de Navidad, Santa Claus anuncia su llegada. Otto, se transformó en un apuesto joven cuyas facciones angulosas delataban el encanto que acabaría invadiendo la totalidad de su rostro. No hubo un solo año en el que no recordaran el cuadro que se convirtió en Arco Iris.

En 1961 habían dejado atrás la niñez de manera definitiva. Aquel verano se enamoraron y se prometieron no olvidarse, con la ilusión de volver a verse al cabo de once meses en el mismo lugar. Pero Otto no volvió. A finales de aquel año un muro impenetrable separó su tierra, la tierra que les había visto crecer y que había trazado entre ellos un vínculo especial. La guerra fría obligó a Otto a permanecer los veintiocho veranos siguientes en Potsdam; Ilse se quedó en su pequeño pueblo de Bavaria. Cuando llovía, los dos alzaban la vista al cielo para ver su cuadro de colores dispuesto en forma de arco y soñar con el reencuentro. Otto conoció a otras mujeres, pero en ninguna encontró la misma calidez; Ilse se dejó querer por otros hombres, hasta llegó a casarse, pero la parca quiso llevarse a su marido antes de hora. Las epístolas que se escribieron mantuvieron vivo el recuerdo de aquel primer amor que resurgió tras la decisión política de volver a unificar las dos Alemanias.

6 comentarios:

  1. Quins contes més bonics.
    Que tinguis molta sort en aquest nou projecte.
    Petonets.
    Laura

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  2. Fas enternir el cor i l'ànima, i remoure els racons i raconets dels sentiments més hermosos.

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  3. Gràcies per regalar-nos tanta tendresa.

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  4. Quan acabo de fer-ne la lectura... delejo per començar amb la següent!

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  5. Gràcies a vosaltres per llegir els meus contes i gaudir-ne

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  6. Sembla que sigui veritat! És una història deliciosa.

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