sábado, 30 de noviembre de 2013

La montaña de los cuatro riachuelos

Si alguna vez paseáis por la montaña y veis un río que se bifurca en cuatro riachuelos, por favor, seguid caminando al lado de uno de ellos, el que queráis. Si llega un punto en el que los riachuelos vuelven a juntarse, entonces acordaos de esta historia y de los cinco hermanos que fueron protagonistas de ella.
No sabría exactamente donde situar la montaña y el río, pues su pequeño tamaño impide que salgan dibujados en los mapas. Pero creedme si os digo que ni el dónde ni el cuándo son relevantes para lo que os voy a contar.
Mauro era payés y propietario de buena parte de las tierras del pueblo en el que vivía. Era brusco en sus modales, pero lo compensaba con una buena planta y un corazón inmenso. Se casó con una de las mozas más bonitas del lugar y, en seis escasos años, vieron su familia aumentada con cuatro hijos. Los chicos crecieron sanos. El aire puro que les rozaba las mejillas todas las mañanas les enfortecía hasta la última gota de la sangre que corría por sus venas. Con los años, todos quisieron trabajar las tierras de su padre y éste, orgulloso, les enseñó los secretos del arado y la labranza y dividió sus propiedades en partes iguales.
Cuando el pequeño de los hermanos cumplió dieciséis años, Mauro les hizo entrega de la herencia que les dejaba y les estimuló lo suficiente para que cada cual realizara sus labores con empeño y entusiasmo a la vez que les inculcaba el valor suficiente para ayudarse y compartir penurias y bonanzas. Sólo había un problema: al dividir las tierras, tres partes quedaban sin agua, mientras que una se beneficiaba, por completo, del río que pasaba por allí. Salomónicamente, Mauro, con la ayuda de sus cuatro hijos, desvió las aguas cavando la tierra y convirtiendo el lecho del río en cuatro riachuelos que, aunque pequeños, servirían para alimentar los cultivos.
Pasaron los días, las semanas, los meses… los chicos se convirtieron en mozos. Llegaron alegrías, tal y como su padre les había anunciado, y también llegaron momentos de lágrimas, con malas cosechas o con la muerte de su madre. Los colores grises y negros inundaron los rincones de su ánimo, su morada perdía el calor propio de un hogar...
Tras dos años de viudedad y de tristeza, la felicidad tomó, de nuevo, forma de mujer, regresó con nombre propio. Mauro se casó por segunda vez y volvió a convertirse en padre, esta vez de una niña a la que también enseñó a amar la tierra y a cuidarla. Pero las propiedades estaban ya divididas y el cauce del río cambiado; difícil era que a la pequeña le quedara algo en herencia. Por eso, sus hermanos desviaron los pequeños riachuelos hasta convertirlos, nuevamente, en uno solo y entregar a su hermana aquella parte de la hacienda.
El paisaje que hoy se ve desde el aire es realmente hermoso. Un río que se bifurca en cuatro, para después volverse a convertir en uno solo. Observarlo es entender como el amor y la equidad son los mejores consejeros para entenderse y andar por la vida.

4 comentarios:

  1. Tots els germans haurien de ser així. "Amor de germà, amor de ca", diuen.

    ResponderEliminar
  2. Personalment, tinc l'enorme sort de comptar amb uns germans magnífics; realment, aquestes ratlles m'hi han fet pensar. Gràcies un cop més, Elisenda.

    ResponderEliminar
  3. Gràcies pels vostres comentaris! Jo, tot i no tenir germans, penso que ha de ser fantàstic tenir-ne com aquests.

    ResponderEliminar