sábado, 28 de diciembre de 2013

El flecha de Lavapiés

Acabada la guerra civil, los vencedores instauraron la idea de una nueva España que se debía construir a partir de la concepción del orden que ellos tenían. Dos pilares esenciales: amor a la patria y amor a Dios.

Los niños pequeños y los chicos jóvenes gozaban de excursiones y campamentos si pertenecían a los diferentes grupos organizados en los que se les preparaba para ser hombres el día de mañana: pelayos, flechas y cadetes. Las niñas aprendían labores en la sección femenina, con la intención de que pudieran desenvolverse airosas en sus futuros hogares.

En general, los flechas eran hijos de falangistas, aunque en sus filas acogían, también, a aquellos chiquillos cuyas familias estuvieran dispuestas a dejarles viajar por la nueva España y demostrar a la población las virtudes de unos gobernantes capaces de confesarse y comulgar después de firmar una sentencia de muerte.

Los destrozos sufridos y las pérdidas irreparables impulsaron a generalizar un sentimiento de miedo ante la posibilidad de otro alzamiento; hombres y mujeres intentaban rehacer su día a día, seguir adelante, callando incluso entre las cuatro paredes de sus hogares. Los que pudieron se marcharon al exilio, otros permanecieron escondidos en falsas habitaciones que se habían construido detrás de despensas casi vacías; la mayoría reconstruía su vida sin hacer el menor ruido, pasando desapercibidos entre los que ostentaban un cargo por ser afines al régimen, procurando dar a sus hijos una educación que les permitiera mejorar en el futuro.

En el devenir de esa España reciente José María, por casualidad, fue a parar a las filas de los flechas, en sustitución del hijo de un reconocido falangista que cayó enfermo. La posibilidad de ver las ciudades españolas, viajar en tren y moverse por Madrid en metro sin pagar un céntimo, le llevó a insistir en casa para que le firmaran los papeles necesarios; a los pocos días, vestía camisa azul bordada en rojo, pantalón corto y boina. Y rodeaba la meseta por los caminos de hierro del norte de España, con la finalidad de presentarse con sus compañeros ante el Caudillo y hacer la demostración de gimnasia para la que habían estado ensayando. En Valladolid, agotado de tantas horas de tren, se atrevió a bajar la ventanilla; el viento se llevó su boina.

Una vez en Madrid (sin boina), le acogieron en casa de un secretario de embajada que vivía en una de las calles más distinguidas de la ciudad. Él se movía por la capital en metro, pues por el simple hecho de vestir el uniforme de flecha tenía pase gratuito. La ciudad no la conocía demasiado, pero las líneas del tren subterráneo, próximas a su casa, las conocía como la palma de su mano.

En uno de esos días previos a la representación ante el caudillo, José María se perdió por las calles de la ciudad. Caminó un rato y se dio cuenta de que la zona que pisaba le era completamente desconocida. Buscó, entonces, una estación de metro y llegó a la de Lavapiés. Tenía la misma estructura y aspecto que el resto de estaciones, pero aquel nombre se le antojaba completamente distinto. No era posible que Lavapiés fuese una estación de metro, aquellas instalaciones debían ser unos baños públicos, pensó. Sin embrago, haciendo caso omiso a sus pensamientos, bajó parte de las escaleras que conducían al andén y allí, de nuevo, un cartel que anunciaba el nombre de la estación: Lavapiés. Lo miró fijamente. Decididamente, aquello no era una estación de metro. Debía ser lugar de acondicionamiento e higiene personal. Se giró y vio las escaleras como el camino de subida; dejando atrás el cartel de la estación salió a la calle. Estaba perdido y se acercaba la hora de volver a casa.

Al fin, un matrimonio elegante se fijó en él y se le dirigió, dándole las instrucciones necesarias para llegar al edificio del secretario de la embajada que le había acogido. Le separaban tan sólo diez minutos a pie, por lo que aquellos baños públicos de Lavapiés quedaron atrás, con la incógnita de si un gusano de vagones se desplazaba por sus vías.

Con los años descubrió que lo que él había confundido con unos baños públicos era una estación de metro más de la capital española. De vez en cuando nos explica la historia y en sus ojos veo como retrocede al Madrid de la posguerra y se convierte de nuevo, en un joven flecha vestido con camisa azul.

sábado, 21 de diciembre de 2013

El viejo tronco de Navidad

Se acerca la Navidad y las costumbres cambian según el lugar. Pero eso no significa que no podamos incorporar a nuestras celebraciones particulares lo que más nos guste de cada tradición.

Tras un trimestre ajetreado, lleno de estudios, actividades y un traslado de domicilio, llegaron las fiestas de Navidad y con ellas las vacaciones escolares. Por costumbre, el veintidós de diciembre la familia de Marta y Mateo se trasladaba a la casa de la sierra para pasar allí unos días hasta fin de año. Y aquel año tenía que ser igual: los pequeños se marcharían con los abuelos, mientras los padres trabajaban hasta el mediodía del veinticuatro de diciembre. En Nochebuena cenarían todos juntos y se acercarían a la parroquia del pueblo a las doce, para la misa del gallo.

Pero las costumbres y las tradiciones, pueden verse alteradas cuando uno menos se lo espera. Lo que pasó aquel año cambió el rumbo de las cosas y las Navidades fueron algo diferentes.
En la escuela, aquel curso, habían llegado a la clase de Marta, unas gemelas de Manresa, Montserrat y Núria. Se hicieron muy amigas y cuando se acercaron las fiestas, las niñas le contaron a Marta una tradición de la que jamás había oído una palabra: la tradición del tió. El tió es un viejo tronco de árbol que parece no servir para nada, pero a mediados de diciembre aparece en las casas en las que hay niños. Tiene unos ojos vivos y una boca contenta; se le da de comer durante varios días y en Nochebuena, mientras se le canta una canción y se le pica suavemente con un bastón de madera, él va cagando regalos.
El día que la abuela pidió ayuda para decorar la casa, a mediados de diciembre, los chicos se la prestaron sin rechistar. Pero Marta tenía pensado algo especial: si el tió no venía, irían a buscarle. Y cuando tuvieron la casa decorada y Marta, Mateo y sus primos se dieron cuenta de que el tió no había aparecido, salieron al jardín a llamarle, a mirar por todos los escondites a buscarle en cualquier rincón. Pero no había ningún tronco desconocido capaz de asumir aquella tarea. Se sentaron los cinco en la escalera, decepcionados, tristes al ver que la historia de Montserrat y Núria no servía en todas las casas.
Estuvieron en silencio cinco minutos, diez, quince… y de repente un viejo tronco que convivía con unos enanitos de colores en un rincón del jardín, se movió. Un poco, luego un poco más.
-      Shhhht! – les llamó.
Los chicos se quedaron perplejos. Aquel tronco de árbol parecía muerto, llevaba años en aquel jardín y jamás había dado señales de vida. Se levantaron y se acercaron a él, le miraron, le tocaron, le cantaron la canción que Marta había aprendido de sus amigas. Y al viejo troco se le dibujaron, como por arte de magia, unos ojos brillantes y una boca sonriente. Lo entraron en casa, le dejaron al lado del árbol recién decorado, le pusieron una mantita por encima.
Con la llegada de aquel invitado especial, la familia no se atrevió a trasladarse a la casa de la sierra y pasaron las Navidades en la ciudad. Fueron unas navidades distintas, llenas de sorpresas. En Nochebuena, después de cenar, todos picaron suavemente en la espalda de aquel viejo tronco de árbol que llevaba años en un rincón del jardín de los abuelos. Y el tió no se olvidó de nadie, hubo caramelos, chocolatinas y pequeños monigotes de juguete para todos.
Estoy segura de que en todos los jardines hay un viejo tronco de árbol esperando que los niños le rescaten. Sólo hace falta que conozcan la historia y crean en ella, con fe ciega, como hicieron Marta, su hermano Mateo y sus primos Javier, Jacobo y Jaime.

sábado, 14 de diciembre de 2013

El paso de Yana

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué los pasos de cebra se llaman así?

Yana nació en Zimbawe y a los pocos días de haber llegado a este mundo se la llevaron al zoo de París. Era una cebra común, muy hermosa. Sociable, como todas las de su especie; relinchaba a menudo para demostrar su acuerdo o su desacuerdo con sus cuidadores.

En París se adaptó medianamente bien, aunque la libertad de la que hubiese gozado en su tierra no era la misma. Ella no lo sabía, pero intuía que aquel espacio pequeño en el que vivía no era más que una cercana y triste copia de su hábitat natural. Se distraía, sí, pero no podía correr por las inmensas extensiones que su tierra le hubiese ofrecido.

Cada día pasaban cientos de niños por delante de su morada, procedentes de colegios durante los días lectivos, acompañados de sus familias, los fines de semana. A Yana le gustaba el griterío, los mil y un sonidos que aquellas criaturas eran capaces de pronunciar. Se entendían los unos con los otros, corrían, saltaban, incluso alguno intentaba la hazaña de colgarse de alguna rama. Se les veía, más o menos, felices.

Y Yana vivía dentro de un paraíso de comodidad y resignación, en el que nunca le faltaba la comida, pero en el que nunca aparecía un río que atravesar.

Una mañana, ante el espacio que ella consideraba su hogar neutro y seguro, aparecieron unos inmensos ojos marrones, encima de una nariz respingona y pecosa y debajo de un pelo revuelto y pelirrojo. Aquellos ojos se clavaron encima de sus rayas y de la diminuta boca de aquel gracioso ser empezaron a salir, acompasadas, una serie de palabras cortas, que desfilaban por el aire como si fuesen soldados que marchan al son de la música militar.
 
-      Un, deux, trois, quatre, cinq, six, sept…
Se llamaba Guillaume, había venido con su abuelo y se estaba preocupando por saber cuántas rayas había en el cuerpo de Yana. Le llamó tanto la atención aquel pijama que vestía el caballo de patas cortas, que rápidamente se lo contó a su abuelo sin llegar a imaginarse las consecuencias que aquello podría traer.
El abuelo de Guillaume era un reconocido ingeniero de caminos que trabajaba en el ayuntamiento de la ciudad. En aquellos años, los coches habían llenado las calzadas, dejando atrás la lentitud de los elegantes carros de caballos. Los autos motorizados fascinaban a los niños, hasta el punto de generar cierto peligro para su integridad física.
Al darse cuenta de la atención que Guillaume prestaba a las rayas de aquella cebra, al ver como quedaba paralizado contándolas, el abuelo pensó rápidamente en la posibilidad de pintar unas iguales en el suelo de las carreteras, ante las cuales los niños se detendrían, esperarían su turno, evitando así, que los automóviles les pudieran atropellar.
Planteó la idea en su departamento el siguiente lunes y fue aceptada con entusiasmo y admiración. Al cabo de unos meses, la capital francesa lucía pasos de cebra por todos aquellos rincones por los que los peatones querían cruzar. Y al cabo de unos años, fueron muchas las ciudades que copiaron aquella magnífica idea, con la única intención de facilitar la vida a sus ciudadanos.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Rosa Rosae

Hace años conocí a un sabio. Me acuerdo como si fuese ayer del frío sótano en el que nos instruía a cuatro o cinco alumnos a la vez: desde las declinaciones en latín hasta la tabla periódica de los elementos. Sabía de todo y era capaz de transmitirlo de la manera más didáctica que uno se pueda llegar a imaginar, sin doblegarse ante ninguna insolencia.

Amaba la docencia como amaba la música, la literatura, las lenguas y la física. Sabía matemáticas, leía la historia en francés, la filosofía en alemán y los clásicos en versión original. Dominaba el ruso, el italiano, algo de chino. Y detrás de aquellas mil facetas, se escondía un hombrecito de cabello blanco y tez arrugada cuya preocupación era transmitir aquel sinfín de conocimientos a todos los jóvenes que, con la cabeza algo hueca, desfilábamos por su improvisada sala de estudio.

Algunos días, en primavera, cuando llegaba a su casa, antes de llamar a la puerta me quedaba en el jardín escuchando como el viejo profesor, desde la sala de estar, golpeaba suavemente las teclas de marfil de su piano. Las notas salían disparadas, se deslizaban y mezclaban con el polvo de las estanterías hasta convertirse en las cuatro estaciones que Vivaldi había compuesto siglos atrás. Desafiaba a Wagner, competía con Mozart. Los sonidos bailaban sin parar, escondiéndose, juguetones, por los rincones de la sala destartalada y él seguía con empeño, como si nada en el mundo importase más que no dejar huérfanos aquellos primeros acordes.

Pasé tardes enteras en el sótano que había convertido en una especie de colegio clandestino, haciendo nuevas amistades procedentes de todos los centros públicos y privados de la ciudad. El profesor era una eminencia, alguien sorprendente, capaz de despertar el interés por el saber a cualquier criatura. Mientras yo aprendía a pelear con las declinaciones latinas, alguna de mis compañeras conseguía coquetear con los polinomios hasta llegar a dominarlos. Pero el viejo profesor nos enseñó algo mucho más importante, nos enseñó el significado de la palabra humildad. Parecía la reencarnación de Sócrates, una personalización genial de aquel universal “Sólo sé que no sé nada”; nos inculcaba el valor de la cultura y nos repetía, hasta la saciedad, la importancia de ejercitar nuestra memoria, de alimentarla, de mantenerla viva, con el fin de aprender a razonar y a argumentar.
Sus enseñanzas fueron, sin duda alguna, el mejor legado que dejó a todos los que nos sentamos, una y otra vez, en los bancos de colores de su aula fría y, en ocasiones, llegamos a tejer grandes amistades.
Pasaron los años y los pupilos de aquel hombre tomamos nuestros caminos, fuimos acabando los estudios, de ciencias, de letras, de sociales… todos teníamos una base común forjada entre un viejo sótano y un jardín algo descuidado.
Un día supe que había muerto. Un accidente doméstico se lo llevó. Siempre he querido imaginar que no sufrió, que él mismo adivinó que había llegado su hora y se había marchado sin hacer ruido, sin molestar, resignado, como los más grandes. Su cuerpo tibio, tumbado en el suelo, fue la última estampa que vieron sus hijos.
A veces, paseo por el centro de mi ciudad y me paro en la plaza que lleva su nombre, respiro hondo e intento recordar los esfuerzos que hizo para enseñarme aquél Rosa Rosae sin que me pareciese aburrido. Lo recito para mí, lo repito para él, es mi pequeño homenaje a aquel hombre que, en su ser, fue capaz de albergar tanta sabiduría y entregárnosla, envuelta en una sonrisa torcida, sin pedir nada a cambio.

sábado, 30 de noviembre de 2013

La montaña de los cuatro riachuelos

Si alguna vez paseáis por la montaña y veis un río que se bifurca en cuatro riachuelos, por favor, seguid caminando al lado de uno de ellos, el que queráis. Si llega un punto en el que los riachuelos vuelven a juntarse, entonces acordaos de esta historia y de los cinco hermanos que fueron protagonistas de ella.
No sabría exactamente donde situar la montaña y el río, pues su pequeño tamaño impide que salgan dibujados en los mapas. Pero creedme si os digo que ni el dónde ni el cuándo son relevantes para lo que os voy a contar.
Mauro era payés y propietario de buena parte de las tierras del pueblo en el que vivía. Era brusco en sus modales, pero lo compensaba con una buena planta y un corazón inmenso. Se casó con una de las mozas más bonitas del lugar y, en seis escasos años, vieron su familia aumentada con cuatro hijos. Los chicos crecieron sanos. El aire puro que les rozaba las mejillas todas las mañanas les enfortecía hasta la última gota de la sangre que corría por sus venas. Con los años, todos quisieron trabajar las tierras de su padre y éste, orgulloso, les enseñó los secretos del arado y la labranza y dividió sus propiedades en partes iguales.
Cuando el pequeño de los hermanos cumplió dieciséis años, Mauro les hizo entrega de la herencia que les dejaba y les estimuló lo suficiente para que cada cual realizara sus labores con empeño y entusiasmo a la vez que les inculcaba el valor suficiente para ayudarse y compartir penurias y bonanzas. Sólo había un problema: al dividir las tierras, tres partes quedaban sin agua, mientras que una se beneficiaba, por completo, del río que pasaba por allí. Salomónicamente, Mauro, con la ayuda de sus cuatro hijos, desvió las aguas cavando la tierra y convirtiendo el lecho del río en cuatro riachuelos que, aunque pequeños, servirían para alimentar los cultivos.
Pasaron los días, las semanas, los meses… los chicos se convirtieron en mozos. Llegaron alegrías, tal y como su padre les había anunciado, y también llegaron momentos de lágrimas, con malas cosechas o con la muerte de su madre. Los colores grises y negros inundaron los rincones de su ánimo, su morada perdía el calor propio de un hogar...
Tras dos años de viudedad y de tristeza, la felicidad tomó, de nuevo, forma de mujer, regresó con nombre propio. Mauro se casó por segunda vez y volvió a convertirse en padre, esta vez de una niña a la que también enseñó a amar la tierra y a cuidarla. Pero las propiedades estaban ya divididas y el cauce del río cambiado; difícil era que a la pequeña le quedara algo en herencia. Por eso, sus hermanos desviaron los pequeños riachuelos hasta convertirlos, nuevamente, en uno solo y entregar a su hermana aquella parte de la hacienda.
El paisaje que hoy se ve desde el aire es realmente hermoso. Un río que se bifurca en cuatro, para después volverse a convertir en uno solo. Observarlo es entender como el amor y la equidad son los mejores consejeros para entenderse y andar por la vida.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El sueño de Knossos

Hay lugares en la tierra que son algo más que un destino. Creta es uno de ellos, uno de aquellos rincones en los que el tiempo parece tomar forma humana y se  ofrece, todos los atardeceres, para mantener una conversación, como si de un viejo amigo se tratara.
 
Aurora solía tener la necesidad de estar rodeada de gente; era divertida y extraordinariamente sociable. Un encanto natural y un estilo elegante y sencillo delataban su procedencia, propia de las personas que han crecido acunadas por la melodía que se desprende de un piano de cola situado en un salón de terciopelo azul, mientras una criada dócil, ataviada impecablemente y coronada por una cofia, almidona los uniformes de un colegio privado bilingüe. Sus tardes se habían desenvuelto entre las clases de ballet, las de música y las de pintura, con el objetivo de completar un cuadro que haría de ella una persona perfectamente capaz de asumir cualquiera de las responsabilidades que le ofrecería el porvenir.
 
La conocí un verano, en Francia, en una de aquellas estancias en las que se supone que los niños de entre doce y dieciséis años deben aprender un idioma perfectamente, en cuatro semanas. Nos hicimos muy amigas y mantuvimos el contacto.
Con veinticuatro años y una pequeña maleta, Aurora y su prima pusieron rumbo a Heraklion para pasar unos días de vacaciones. Aquel Mediterráneo era distinto, sus aguas parecían desafiar a una paleta de colores cuyos tonos danzaban entre el verde turquesa y el azul noche. Las galaxias se rendían a las olas del mar cuando la luna conseguía platear las mil y una gotas que se deslizaban, una y otra vez, sobre la arena fina que los dioses del Olimpo habían dispuesto en las tierras que vieron nacer los primeros indicios del arte minoico.
Pero cuando el destino no deja margen alguno a los planes hechos con antelación, la vida puede verse del revés en un abrir y cerrar de ojos. Los días de descanso se agotaron y las vacaciones llegaron a su fin; Aurora se dio cuenta de que su pasaporte había caducado y no le quedó más remedio que permanecer en la isla durante unas semanas más. A su prima le perseguían un sinfín de obligaciones, la mayoría de ellas, vinculadas al trabajo y a la familia, motivo por el cual abandonó a Aurora a su suerte, dejándola sola, con su pequeña maleta y un puñado de ilusiones que le servirían para no afligirse ante la estancia mientras, desde el consulado, le tramitaban todos los papeles necesarios para arreglar la situación.  
La soledad la impulsó a visitar de nuevo Knossos y redescubrir, uno a uno, todos los encantos que aquel palacio escondía entre sus columnas rojizas. Su carácter extrovertido y su manera de entender la vida empezaron a tomar otro perfil, alejándola de la nube en la que había vivido durante su niñez y su juventud. Solamente un bloc de notas fue lo que precisó para seguir sumando días y noches a su estancia, sin llegar al desespero.
Y así fue como crecieron unas pequeñas raíces que pronto la hicieron sentir parte de aquella tierra. Se dedicó a escribir, a pintar, a adentrarse en su ser, a hablar consigo misma y a descubrir que la vulnerabilidad depende tan sólo de la manera con que afrontamos los sueños y luchamos por ellos.
Finalmente, el pasaporte nuevo llegó y Aurora pudo regresar. Tras un tiempo en Madrid, realizó las gestiones convenientes para volver a Creta e instalarse definitivamente cerca de aquel palacio especial, su palacio soñado de Knossos, gracias al cual logró conocerse a sí misma, dejando atrás su barrio y mirando hacia un futuro lleno de esperanzas.  
Su sueño se ha cumplido; hoy regenta un pequeño hotel, cerca de la playa, en el que se combinan los rasgos de la tradición minoica más antigua y el encanto del Madrid más contemporáneo.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Pongamos que hablo de vivir

Martina es valiente desde antes de nacer.

El azar se encaprichó de la salud de su madre y quiso que enfermara durante el embarazo. Pero su madre es fuerte y pensó que debía ser la naturaleza quien decidiese el futuro de su hija. Y la naturaleza decidió que Martina tenía que vivir, porque a veces ocurren cosas inexplicables.

Recuerdo perfectamente el día que hablé con ella: “Se llama listeria” me dijo. Yo busqué el nombre de esa extraña enfermedad que consumía la vida de mi amiga y debilitaba su voz y sus andares. Síntomas similares a una simple gripe, pero consecuencias nefastas para una mujer encinta.

El verano se acercaba y la listeria derivó en una grave meningitis que puso en peligro, de nuevo, la vida de mi amiga y la de la criatura que albergaba en sus entrañas. Fiebres altas y dolores de cabeza se apoderaron de su ser. Las esperanzas se desvanecían con el devenir de los días y cada hora que pasaba lo considerábamos un regalo que la vida nos hacía. Llegó la víspera de San Juan y estando de boda, a las doce de la noche, Raquel y yo, nos esfumamos para rezar juntas por nuestra amiga, su hija y el futuro de las dos.

En los casos de extrema gravedad todo el mundo se atreve a opinar y a dar consejos, todos nos creemos que sabemos y entendemos de cualquier tema. “No deberías seguir con el embarazo”, era una frase frecuente que se escuchaba entre las cuatro paredes de la habitación en la que mi amiga había trasladado su residencia.

Finalmente, consiguieron vencer la enfermedad. Las fiebres desaparecieron y los dolores de cabeza también. Los últimos meses de embarazo se desenvolvieron en la casita que habían comprado en un pueblo de playa, cerca de Barcelona.

Él no estaba seguro. Había considerado tantas veces la posibilidad de que no saliese bien que las horas de desvelo empezaron mucho antes de convertirse en padre. Ella, sin embargo, sentía que había acertado al seguir adelante.

Llegó el momento y Martina nació. Miles de pruebas y habitaciones desangeladas fue lo que conformaron sus primeros días. El estrés y el miedo se mezclaron con la dulzura amarga de una nueva vida que pendía de un fino hilo; un hilo que en cualquier momento podía romperse. Pero a cada hora que pasaba se perfilaba una estrella en la planta del pie de la pequeña. Una estrella que quedó perfectamente marcada a los cinco días de habitar esta tierra y que redujo los temores hasta convertirlos en un simple recuerdo.

Hace poco, Martina cumplió cinco años. Es una niña sana, con unos inmensos ojos negros en los que se refleja la alegría de vivir. Siempre me acuerdo, es a principios de octubre. Cuando llega la fecha me doy cuenta de que con ella, la naturaleza, una vez más, me convenció de que debemos creer en los milagros, me convenció de que debemos aprovechar la oportunidad de vivir.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Los veranos tras el muro

La noche del nueve de noviembre de 1989, Otto saltó el muro y pisó las calles del Berlín occidental, una tierra en la que no ponía los pies desde hacía casi tres décadas. Buscó a Ilse; la encontró de madrugada. Se miraron, él la reconoció nada más ver el destello azul de sus ojos. Llevaban veintiocho años esperando aquel momento…

Permitidme que hoy os relate un fragmento de las vidas de Ilse y Otto para conmemorar el aniversario de la caída del muro de Berlín.
 
Ilse vivía en un pueblecito bávaro. Un lugar pequeño y hermoso en el que sus casas formaban una cuadrícula perfecta y su colegio, la iglesia y el colmado completaban la harmonía hasta convertirlo en uno de los rincones más delicados que alguien puede llegar a visitar jamás. Otto pasaba allí todos los veranos, en casa de su abuela.

Corría el verano de 1954, ella tenía ocho años, él tenía diez. Era agosto y faltaban pocos días para que Otto regresara a su casa, en Potsdam, y empezara el curso escolar. Las horas de luz y el buen tiempo permitían que los niños pasaran sus últimas tardes de verano al aire libre, así que Ilse y Otto jugaban cerca de sus casas, en una calle estrecha y adoquinada. Un día se les ocurrió dibujar algo en el suelo; querían que una farola iluminase una estampa bonita capaz de animar las largas tardes oscuras que los meses de otoño e invierno les depararían en pocos días. Y lo hicieron. Eligieron el lugar y, con unas tizas que Otto solía llevar siempre encima, pintaron un paisaje de verano precioso, con su sol, sus montañas, su río lleno de agua –que invitaba a bañarse hasta al más friolero-. Todos, en el pueblo, tuvieron palabras de elogio para los pequeños artistas que habían sido capaces de plasmar un paisaje de ensueño con sus menudas manos.
 
Aquel cuadro callejero empezó a desdibujarse con la lluvia repentina que asola una tarde de finales de verano. Lo que fueron vivos colores llenos de simpatía quedaron diluidos con las gotas revoltosas que se desprendían de las nubes de manera incansable hasta conformar una tormenta.
El desconsuelo de Ilse fue bárbaro, las lágrimas asomaban en sus ojos y salían a borbotones. Pero el trabajo y el esfuerzo vieron su recompensa al día siguiente, cuando un Arco Iris se dibujó en el horizonte. Alguna nube inquieta y misteriosa había robado aquellos colores del suelo y, olvidando su trazo original, los había dispuesto en lo más alto para que todo el mundo los pudiera contemplar.

Otto se marchó y volvió durante siete veranos más. En aquellos años, Ilse se convirtió en una bella muchacha; su bondad se reflejaba en la inmensidad de sus ojos azules y su sonrisa alentadora evocaba los cascabeles con los que, la Noche de Navidad, Santa Claus anuncia su llegada. Otto, se transformó en un apuesto joven cuyas facciones angulosas delataban el encanto que acabaría invadiendo la totalidad de su rostro. No hubo un solo año en el que no recordaran el cuadro que se convirtió en Arco Iris.

En 1961 habían dejado atrás la niñez de manera definitiva. Aquel verano se enamoraron y se prometieron no olvidarse, con la ilusión de volver a verse al cabo de once meses en el mismo lugar. Pero Otto no volvió. A finales de aquel año un muro impenetrable separó su tierra, la tierra que les había visto crecer y que había trazado entre ellos un vínculo especial. La guerra fría obligó a Otto a permanecer los veintiocho veranos siguientes en Potsdam; Ilse se quedó en su pequeño pueblo de Bavaria. Cuando llovía, los dos alzaban la vista al cielo para ver su cuadro de colores dispuesto en forma de arco y soñar con el reencuentro. Otto conoció a otras mujeres, pero en ninguna encontró la misma calidez; Ilse se dejó querer por otros hombres, hasta llegó a casarse, pero la parca quiso llevarse a su marido antes de hora. Las epístolas que se escribieron mantuvieron vivo el recuerdo de aquel primer amor que resurgió tras la decisión política de volver a unificar las dos Alemanias.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El invierno de Ulises

A finales de la década de los ochenta se puso de moda tener una mascota. Los perros y los gatos daban  mucho trabajo, por lo que a mí, me obsequiaron con un pequeño hámster.

Mi madre, profesora de griego en un instituto, se había molestado, noche tras noche, en contarme historias sobre la mitología clásica; historias que me habían fascinado por ser igual de bellas que intrigantes. Entre ellas estaba la de Ulises y Penélope.

Cuando supe que los hámsters viven de noche y duermen de día quise bautizar a mi mascota con el nombre de Penélope, recordando a la esposa de Ulises que pasaba las noches en vela para deshacer el tapiz que había tejido durante las horas de sol. Pero en la tienda me confirmaron que se trataba de un hámster macho, por lo que decidí llamarle Ulises.

Aquel animal chiquitín, que traía a mi abuela de cabeza, vivió su primer año en una pequeña jaula, hasta que mi padre decidió hacerle construir un palacete de madera, con un par de ruedas, un laberinto y montañas de serrín. Ulises era feliz recorriendo aquellos vericuetos todas las noches. Durante el día dormía profundamente hasta caer el sol.

El  tiempo era bueno y por las noches dejábamos a Ulises en el balcón para que se desahogase en las ruedas de su pequeño palacio, abastecido de suficientes pipas. Pero, sin darnos cuenta, llegó algo de fresco… y Ulises, roedor por naturaleza, consiguió agujerear la caja en la que vivía.

Un día me levanté, me dirigí al balcón y me di cuenta de que Ulises no estaba… La tierra de las jardineras se veía removida, pero Ulises no estaba… Lloré todo el día. Le busqué por todas partes, pero ni rastro. Bajé a la calle, miré si estaba en algún rincón, temía que se hubiese caído. Nada. Me acosté llorando, triste, con un sentimiento imposible de consolar.

Pero mi padre, que conocía la naturaleza y sus costumbres, sin decir nada a nadie, dejó un montoncito de pipas en un rincón. Al día siguiente, las pipas no estaban. Repitió la hazaña durante tres o cuatro días. A la mañana siguiente las pipas, extrañamente, habían desaparecido.

Cuando nos contó lo que estaba sucediendo, decidimos quedarnos una noche para averiguar el misterio. Nos llevamos una sorpresa enormemente agradable. Ulises había hibernado, se había enterrado en una jardinera y se había construido una agradable morada, a su gusto. Le fuimos dejando pipas durante todo el invierno; él salía todas las noches a buscarlas y volvía a enterrarse.

Así pasaron  los meses más fríos y llegó la primavera. Ulises salió de su escondite y volvió a usar el palacete de madera, como si se tratara de su residencia de verano.

Mientras, regábamos las jardineras para que aflorasen los nuevos esquejes de geranio que mi madre había plantado. Pero aquella primavera, además de geranios, salieron veintisiete girasoles, gracias a las pipas de Ulises.